SOBRE

N12

PLIEGO

Que me estoy muriendo de agua: De lecturas interrumpidas y usos desviados del material bibliotecario

2026

QUE ME ESTOY MURIENDO DE AGUA

De lecturas interrumpidas y usos desviados del material bibliotecario

Ana Olmedo Alguacil

SECCIÓN PLIEGO
SOBRE N12 01/2026

Introducción

El proceso de escritura de este texto comenzó con el deseo de una situación típica de investigación: el de una lectura orientada por la búsqueda de documentos en una biblioteca. Intenté guiar mi proceso, trazar una línea recta, un camino directo y racional. Traté de alimentar una forma de investigar eficiente y fructífera, y fracasé. Leer es una tarea que está entrelazada con otras actividades y que, para mí, no puede existir de una manera aislada. Me refiero a todos esos pensamientos paralelos que introducen el factor de la improvisación, ideas sin rumbo que aparecen de pronto, sin aviso, e interrumpen. 

—¿Por dónde iba? ¡Ah, sí!

El artículo parte de ese fracaso (Halberstam, 2018) investigativo para proponer una forma de lectura por interrupción como una metodología queer de trabajo con los materiales de archivos y bibliotecas. Al desarrollarse en un tiempo ajeno a las lógicas de a productividad, la interrupción y el desvío posibilitan formas de conocimiento afectado y situado. Desde esta posición, el proceso de investigación deja de concebirse como acumulación eficiente de saber para activar otras formas de agencia documental que cuestionan los criterios normativos de clasificación basados en la utilidad.

El espacio bibliotecario ha respondido históricamente a la necesidad de establecer sistemas de clasificación que faciliten el deseo de encontrar materiales útiles de una forma directa y racional. Para que exista una biblioteca o un archivo, según Derrida, se requiere de un lugar sometido a una autoridad que se sostiene en taxonomías inscritas en un marco cultural y epistémico determinado (Derrida, 1997). Si un material está en ese espacio —y tan solo por formar parte de su colección— se da por asegurada su autenticidad, su transmisión de un conocimiento especializado y su relevancia cultural. «Este sistema epistémico de legitimación reafirma […] el carácter central de este lugar» (Taylor, 2019, p. 40). La biblioteca no es solo un depósito de inscripción y catalogación, sino que también es un espacio central de validación del saber.

En este contexto, la satisfacción del investigadore radica en localizar un objeto útil, ajustado a una búsqueda previamente definida y homologada por las lógicas de catalogación. Según esta lógica, el placer de investigar no residiría en el cuerpo del investigadore —no sería una experiencia encarnada—, sino en un afuera regulado por el cumplimiento de un objetivo preestablecido (Rawson, 2017, p. 111). Frente a esta concepción instrumentalizada, resulta sugerente pensar en el proceso de investigación a partir de la noción de lo erótico desarrollada por Audre Lorde en The Uses of the Erotic: The Erotic as Power. Para Lorde, «lo erótico no es una cuestión de lo que hacemos; es una cuestión de cuán intensamente y plenamente podemos sentir en el hacer», «de modo que cada nivel en el que percibo se abre también a la experiencia eróticamente satisfactoria, ya sea al bailar, al construir una estantería, al escribir un poema o al examinar una idea» (2007, pp. 56-57). ¿Qué sucede si pensamos la relación con los documentos como una práctica erótica en el sentido de Lorde? O formulado de otro modo, ¿de qué maneras nuestro deseo, nuestro cuerpo, podría enredarse con los objetos y materiales que conforman la búsqueda? 

Yo no he venido a Mallorca con la misma intención que tú

Mi propia experiencia como usuarie de bibliotecas me ha permitido reconocer la existencia de lógicas alternativas de investigación, articuladas desde una relación distinta con los documentos. Lo trataré de explicar con un ejemplo: en el marco de la investigación que actualmente desarrollo para mi tesis doctoral, consulté un libro titulado …Que me estoy muriendo de agua. Guía de narrativa lésbica española (Castrejón, 2008). Lo significativo de este ejemplo es que su lectura quedó interrumpida por una carta manuscrita que alguien escribía a su pareja, en las últimas tres páginas en blanco del libro (Figura 1). En ella, la autora relata sentirse ahogada por encontrarse en Mallorca durante unas vacaciones con la familia de su novia, cuando en realidad lo que deseaba era pasar un fin de semana a solas las dos. Ella, al igual que el título del libro, también se moría de agua. De este modo, tanto el objeto libro como su contenido se vieron salpicados por el afuera, por la dimensión personal, por los rastros que dejan las personas que usan, guardan o producen las colecciones. Se trata de una anotación que abría paso, reflejaba o dejaba entrever las otras historias que estaban ocurriendo en la biblioteca.

Figura 1: Fragmento de la carta encontrada en las páginas finales de …Que me estoy muriendo de agua. Guía de narrativa lésbica española ejemplar de la Biblioteca Pública Pedro Salinas, Ana Olmedo, 2025.

La lectura de esta carta fue totalmente impostora. Permití que la trayectoria de mi lectura y de mi investigación —la que se esperaba de mí y que de manera racional yo misme había establecido— se viera interrumpida simplemente por el encuentro fortuito con este comunicado furtivo. Antes de continuar, quiero advertir que convertirme en une lectore por interrupción no responde a una actitud condescendiente hacia los fondos de la biblioteca o del archivo, sino, por el contrario, a un exceso de confianza en el poder de estos documentos. Se trata, más bien, de tener fe en su potencialidad como objeto y, al mismo tiempo, una desconfianza en su productividad.

¿Podré elaborar a partir de la carta encontrada un argumento académico convincente? ¿Algo sobre la interrupción y el mariposeo con los archivos? No estoy segure, pero sé que esto no puede terminar aquí. 

La marginalia está por todos lados

«Como pasa tantas veces con las ideas que se tienen entre manos, en el tema de las tachaduras, las anotaciones en los libros, la marginalia está por todos lados» (Blasco, 2018). 

El término marginalia del latín marginalis (“relativo al margen”), designa el conjunto de anotaciones, comentarios y marcas gráficas realizados, generalmente, en los márgenes de un libro, ya sea por sus autores o lectores. Es una intervención que puede, o no, estar en diálogo con el texto principal. Estas huellas tienen diferentes propósitos, pero todas entienden el margen como un territorio fértil para sostener el en tiempo los relatos que suceden al interactuar con el texto. Se trata de todo aquello que se anota o se escribe fuera del centro autorizado del discurso y se abre camino en los espacios en blanco de la página. Interesarse por la marginalia es preocuparse por la anécdota. Lo interesante de la marginalia es que no nace de una pretensión de totalidad —concluir el libro y dominar su contenido— es difícil de agrupar, unificar o leer de forma organizada. La marginalia articula en fragmentos que activan, aquí y allá, distintas intensidades o interrupciones en la lectura. Evocan la presencia de quienes estuvieron ahí antes que tú y la idea de que otres vendrán después. 

El término revela un entramado de prácticas y actitudes experimentales que, en gran medida, remiten a lo que Michel Foucault denominó la insurrección de los saberes sometidos y su apuesta por incluir conocimientos, documentos o formas no reconocidas de producción de discurso. En los espacios intermedios del archivo, podríamos aprender de las historias incompletas de quienes se distraen y promueven conocimientos menores, no homologados, que quedan fuera de los regímenes de verdad dominantes. 

Esto me ha llevado a preocuparme más por cómo leer que sobre qué leer o por saberlo todo sobre un tema. Se trate de flirtear con los textos, dejarte en manos de alguien a quien quieres, o incluso, de lo que está leyendo, o ha subrayado, alguien a quien no conoces. Es hacer algo de la nada, dejarse someter a una nadería, seguir una secuencia no lineal, una «línea de errancia» (Deligni en Certeau, 1988, p. 34), aparentemente sin sentido, pero de la que, finalmente, se extrae algún tipo de significado. Esta forma de investigar activa otras formas de mirar. Evita la perspectiva distante de una vista general o aérea y promueve la mirada de quien se relaciona desde lo menor, desde el detalle. Sigue las lógicas de abajo, frente al saber totalizante de arriba. Esto puede conducir a un estado de mayor incertidumbre, una forma de hacer menos consciente que ofrece aperturas y ayuda a entender la compleja relación que existe entre nuestras habilidades, las herramientas y los medios que usamos para investigar. Es un proceso que crea nuevos modos de dar valor a las perturbaciones, fallos, obstáculos, demoras, retrasos y asincronías.

Fascinante y agotador

Alguien me podría preguntar: ¿y para qué sirve esto? Y la realidad es que no sirve para mucho. Una lectura por interrupción marca un sendero totalmente opuesto al del orden, el rigor, la utilidad y la eficacia. Es un camino tortuoso y accidentado, lento y lleno de contratiempos. «Ejercita una atención en estado de distracción. Es fascinante, pero agotador» (Fernández Polanco, 2019, p. 17). Es un deseo que cansa o trae algún tipo de sufrimiento porque nunca se llega a cumplir del todo. Sin embargo, es vital si lo que se quiere es contar relatos del conocerse, encontrarse, identificarse, tocarse, afectarse con, hacia, hasta otres. Se trata de cambiar la escala de valores acoplada únicamente a un fin productivo y dejarse llevar por las líneas del deseo.

Durante cinco años de mi vida estudié arquitectura, algo de lo que logré desconectarme, aunque, como con los alérgenos, aún puedo contener trazas. En el ámbito del paisajismo se usa el término líneas de deseo para describir caminos no oficiales, es decir, aquellos que se transitan fuera de las áreas proyectadas, diseñadas y posteriormente pavimentadas para el paso. Son huellas que no muestran otra cosa más que una deriva, un rumbo que deja un rastro en el paisaje, una alternativa que aparece sin hacerle mucho caso a la razón. El presente texto es un canto a ese deseo en relación con un proceso de investigación. «El método es el desvío, es decir, cualquier cosa que involucra también los procesos indirectos del pensamiento» (Kancler, 2013, p. 17) y la improvisación. Son caminos que recorren la trayectoria de la incertidumbre y cruzan un territorio más poético, de idas y venidas, de líneas que orgánicamente se cruzan por puro gozo. Las personas que transitan por las líneas de deseo están dispuestas a adoptar otras posturas, a caminar de otras maneras. Experimentan «algo de ese caminar hacia atrás, de avanzar sin saber lo que vendrá» y se dejan llevar «por ese andar titubeante, menos premeditado que impredecible de la escritura» (Díaz, 2024, p. 203). Es muy difícil explicar esta forma de investigar, porque se hace fuera de la habitual performance avalada por las convenciones del saber académico. De ahí que la finalidad de esta reflexión no es hallar resultados, ni obtener respuestas, sino generar procesos y dinámicas que nos descentren, no solo respecto al eje disciplinario, sino también respecto al eje cultural y temporal, con el propósito de “desuniversalizar” el modelo y emprender caminos que nos remuevan lo aprendido. 

Antes de conseguir transitar por las líneas de deseo y empezar a realizar una lectura desviada —dejándonos afectar por lo lateral—, debemos pasar por una etapa de improvisación. Toda improvisación entraña una diferencia, una forma distinta de actuar que acepta la contingencia. Una significación y un sentido generados por desvíos que demuestran que los documentos del archivo «están necesariamente abiertos a la posibilidad de una nueva opción que los seleccione y los recombine para crear una narración diferente, un nuevo corpus y un nuevo significado dentro del archivo» (Guasch, 2005, p. 158).

Poof!, Poof!, Poof!

Las historias no normativas se construyen a partir de un impulso compartido: el deseo por aquello que no podemos alcanzar, o por lo que hemos perdido, pero aún anhelamos. Nosotres —las escandalosas, las disidentas, las periféricas y pendencieras— aprendimos desde muy pronto que nuestra búsqueda de documentos estaba atravesada por la falta. En su investigación sobre el activismo lesbiano organizado en el Estado español, Gracia Trujillo describe así su experiencia: «A la hora de escribir un libro como este, lo primero de lo que se da cuenta una es de que no hay fuentes, y las que hay están dispersas; cuando no se han perdido, están desorganizadas, un caos total» (Trujillo Barbadillo, 2008, p. 34). En definitiva, se atraviesa un terreno irregular, lleno de vacíos y discontinuidades.

He buscado en el diccionario, sin éxito, una palabra que nombre con precisión esos deseos y fantasías inalcanzables: esos “qué pasaría si…” que evocan lo que podría haber sido, pero nunca llegó a existir; aquello que una vez estuvo y se perdió; o esas búsquedas que terminan con un “no se encontraron resultados con esos criterios”. Este tipo de experiencias en bibliotecas o archivos, que como Trujillo, muches hemos vivido, conectan directamente con lo que el diseñador gráfico Carlo Canún denomina poof! En su proyecto Léxico infectado, Canún elabora un archivo de términos con el fin de proponer un vocabulario capaz de dar respuesta a su propia experiencia de crecer en un mundo regido por la heteronormatividad y la lógica binaria. Entre estos términos aparece: poof!, como una forma de nombrar esas ausencias que marcan nuestra relación con los fondos de la biblioteca o el archivo. «poof! n. la desaparición y/o ausencia de los registros queer» (infected lexicon of language, s. f.). El término nombra la falta o la desaparición repentina —¡poof!, casi mágica— de aquello que une espera encontrar y no está.

«Aquellas personas que no se sienten del todo en casa, en un cuerpo, en una disciplina, en un mundo, tienen mucho que enseñarnos sobre cómo se construyen las cosas, es decir, tienen mucho que enseñarnos sobre los usos del uso» (Ahmed, 2020, p. 37). Sara Ahmed nos recuerda que quienes no encajan en la norma son capaces de ver en las grietas otros modos de usar, vivir y conocer. En este sentido, los vacíos en la memoria documental queer no son solo obstáculos, sino que, bien por urgencia o por necesidad, han impulsado la creación de formas alternativas de registro que se alejan de los cánones académicos. Entre estas alternativas se encuentran herramientas como el relato, el rumor y el mito, junto con recursos del lenguaje como la fabulación, la especulación, la imaginación o la ficción; herramientas que cuestionan el dato crudo y las fuentes de información normalizadas. Nosotres, les que «tenemos la lengua afilada y la boca mordaz, la misma con la que besamos cuanta boca nos gusta» (Flores, 2013) hacemos asuntos “que distraen”, pero que permiten otras formas de producción del conocimiento. 

Las experiencias disidentes, por muy invisibles que sean, a menudo requieren de una forma de hacer que atraviese territorios hostiles para sobrevivir. Empieza un rumor, paséalo por los archivos, déjalo en boca de una comunidad y será solo cuestión de tiempo que su existencia tome una corporalidad material. La presencia de estas otras historias, el encuentro anecdótico con materiales no homologados —con la marginalia— garantiza el acceso a otro tipo de documentación, que, de no ser por su estar infiltrado, habría sido bloqueada de la realidad material del catálogo. Estoy hablando de todo aquello que se cuela y se expande sin pedir permiso para ser almacenado, aquello que no se encuentra por palabras clave y que tiene más que ver con el chisme, el sentimiento y la experiencia vivida.

Entre el saber hacer y el hacer lo que les da la gana

Michael de Certeau, en La invención de lo cotidiano, introduce el término francés la perruque (Certeau, 1988, p. 28) para describir la práctica de realizar tareas no profesionales o amateurs —actividades no reconocidas ni reguladas, ajenas a las acciones contempladas en contratos o condiciones de uso— que tienen lugar durante el tiempo de trabajo y se realizan empleando los equipos o recursos de dicho espacio. Quienes llevan a la práctica esta suerte de escamoteo se mueven «entre el saber hacer y el hacer lo que les da la gana» (Díaz, 2024, p. 42). Este estar amateur, según Jacques Rancière, «es una posición teórica y política, es la posición que rechaza la autoridad de los especialistas reexaminando la manera que se trazan las fronteras de sus ámbitos, en el cruce de experiencias y saberes» (Rancière, 2012, p. 15). Trasladado al espacio bibliotecario estaríamos ante lo que la artista Claire Pentecost llama public amateur: «quien consiente aprender en público, interrogando el conocimiento en el mismo espacio cultural en el que se produce» (Pentecost, citado en Ptqk, 2009, p. 170). Este gesto abre la posibilidad de que los documentos albergados sean capaces de acumular funciones variables. Para ilustrar esta idea, retomemos el ejemplo inicial (figura 2): un mismo objeto, en este caso un libro, puede transitar de ensayo sobre literatura lésbica a la intimidad epistolar de una carta dirigida a una amante. 

Figura 2: Fragmento de la carta encontrada en las páginas finales de …Que me estoy muriendo de agua. Guía de narrativa lésbica española ejemplar de la Biblioteca Pública Pedro Salinas, Ana Olmedo, 2025.

Es una misma pieza, una herramienta de consulta que se ha recontextualizado en un proceso de activación del material por parte de los usuarios de la biblioteca. Cuando estos materiales son intervenidos su lectura no se rige por la lógica instrumental de la utilidad, sino por la urgencia y el afecto, o como expuse anteriormente, por las líneas de deseo. Entran en un tipo distinto de lectura y visibilidad, en el que el criterio de validez del documento no está en el objeto en sí mismo, sino en cómo este puede llegar a ser leído. El beneficio del material encontrado estaría en lo que no es, o en el potencial latente de lo que puede llegar a ser. No pone el énfasis en el objeto del acervo, sino en su devenir y en todo lo que lo rodea y, en especial, en los caprichos del azar, el accidente y la serendipia. 

Como se podrá comprobar, estas acciones no solo tienen resultados estéticos. No se reducen a lo formal, a lo visible o a lo que tiene que ver con la apariencia, sino que operan también a un nivel infraestructural, allí donde pareciera que nada se mueve. Cuando el significado se nos escapa, se abre espacio para que algo más tenga lugar. Dicho de otro modo, cuando la biblioteca tiene el espacio suficiente para llenarse de aquello que anhelamos, su propia infraestructura se tambalea, se ve afectada por nuestros deseos. En este sentido, la perruque bibliotecaria se revela también como un terremoto en las bases que sostienen el sistema de indexación y orden de la documentación. Funciona como una capa de información que problematiza los principios racionalistas y objetivos de la catalogación, situándose en un lugar que nunca podrá inscribirse en un orden rígido —derivado de palabras clave, números o secuencias alfabéticas—, permaneciendo, así, fuera de registro. 

Resulta difícil considerar estas acciones como algo clasificable, en el sentido de una pieza de información rigurosa, verificable o susceptible de ser integrada en un sistema de saber. Son gestos que, al moverse de soslayo, nos conceden permiso para conocer desde otro lugar. Se resisten a las categorías o taxonomías «tiene algo de escabullirse, de agrietar las reglas, de burlar la vigilancia, de sustraerse a la luz de las dinámicas jerarquizantes para operar en las sombras de su desbaratamiento» (Flores, 2014, p. 14). La marginalia enfatiza la capacidad de una comunidad para aferrarse con intensidad a unos pocos objetos culturales cuyo significado enigmático, excesivo y oblicuo nunca podrá encajar en las lógicas de un supuesto conocimiento “verdadero”. 

Yo no soy un personaje de tu sueño

«Escribirse fuera de los límites introduce la precaria, poderosa y turbulenta figura de lo mágico en lo cotidiano» (Flores, 2016, p. 233). Estas formas de usar los documentos sacuden los cimientos del espacio bibliotecario de una manera silenciosa. Proponen un cambio ontológico desde dentro que no se rinde ante el rigoricismo del material conservado. Se aprovecha del movimiento hacia dentro —entendido como la acción de reunir cosas que promueve el archivo— para incluir nuevos relatos orientados a la creación y no a la conservación. La biblioteca pasaría de ser un repositorio de documentos, a una herramienta de producción dinámica, generativa y autorrepresentativa. 

En consecuencia, el proceso de investigación se convierte en un mise en abyme, un juego de espejos, un viaje múltiple, una reciprocidad viva entre nosotres y los objetos del catálogo. Los márgenes del discurso oficial se convierten en espejo y en cada garabato, subrayado, papelito o palabra que otre ha escrito «podemos reconocer nuestros ojos, nuestras manos, nuestro sexo… nuestro ánimo» (Castrejón, 2008, p. 11). Se trata de una intervención subjetiva que rompe de una manera muy dulce la neutralidad documental, como lo haría un terrón de azúcar sumergido en agua. En el momento en el que se rompen las barreras que nos distancian con los materiales de producción del conocimiento, estos se dejan infectar de las voces del fuera de campo. La marginalia es una forma de decirle a la biblioteca: yo no soy un personaje de tu sueño; eres tú quien habita el mío, devolviéndome mi reflejo en cada documento que custodias.

Esa idea de que todo es un gran sueño del que podría surgir un despertar colectivo postula que cada persona y cada objeto está absorta en sus propias ensoñaciones. El espacio bibliotecario refleja y responde, es un cuerpo vivo que respira a través de las huellas de quienes lo tocan y habitan. Se trata de una malla de experiencias conscientes e inconscientes que se funden en narrativas que interactúan unas con otras y con todas las demás. Esto implica que un significado unitario del material bibliotecario o archivístico, no sería suficiente; en su lugar, estos documentos tienen múltiples lecturas. Esta multiplicidad «resuena con los ecos de las voces recias de quienes han perdido la fe en cualquier forma tradicional de saber y ahora están tratando de reorientarse a su modo por otra senda del saber, hacia el acto de conocer» (Rogoff, 2017, p. 45). 

Conclusión

Lejos de apartarnos y colocarnos en un lugar pasivo de recepción, la biblioteca devuelve agencia, autonomía y, sobre todo, nos interpela acerca de nuestra propia presencia. La relación con los documentos no solo se limita entonces a la recopilación de información o al consumo de saber, sino que abre la posibilidad de formular una reclamación e inscribirnos activamente con los materiales que consultamos.

A lo largo de este texto se ha propuesto una forma de deconstrucción de marco de posibilidades desde el trabajo con el archivo al proponer prácticas de trabajo que se desvían de la lógica productiva, racional y universalizante del saber. A partir del encuentro fortuito con una carta manuscrita al final de un libro, se ha mostrado cómo el archivo no funciona solo como un sistema de conservación, sino como un espacio donde las huellas de uso reconfiguran el valor del material archivado al añadir nuevas capas de interpretación que no se sostienen en el rigor académico. Lo fragmentario, lo anecdótico y lo improductivo se revelan así como parte fundamental de una metodología de trabajo que hace que la improvisación y el desvío se convierten en herramientas capaces de reconfigurar nuestra relación con los documentos y con la propia infraestructura bibliotecaria. Lo que parecía un detalle menor abre paso a nuevas formas de interactuar con la información y de producir memoria. 

Pienso en esa carta como una forma de archivo que constatará durante años que tú no fuiste a Mallorca con la misma intención que ella. La memoria de tu experiencia, invocada en el documento, nos garantiza a ti y a mí que somos parte de un sistema de producción de conocimientos que funcionan por interrupción. 

Yo también oí tu carcajada.

Ana Olmedo Alguacil

Ana Olmedo es licenciade en arquitectura y bellas artes. Actualmente es doctorande en Diseño Gráfico por la Universidad Complutense de Madrid, donde centra su investigación en la producción gráfica impresa de los grupos activistas vinculados a la disidencia sexual y de género en el Estado español. Su práctica entiende la arquitectura y el diseño como herramientas para producir medios especulativos de investigación. A lo largo de su trayectoria, ha participado en diversas publicaciones académicas y proyectos artísticos, y actualmente compagina su labor investigadora con la docencia en el Máster en diseño de interiores del Instituto Europeo de Diseño y en la Universidad Europea de Madrid.

Referencias

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Blasco, S. (2018). Hay muchas academias (y están) en esta. Impresiones superficiales sobre capitalismo institucional. #Re-visiones.

Castrejón, M. (2008). Que me estoy muriendo de agua: Guía de narrativa lésbica española. Egales.

Díaz, T. (2024). Todas las vidas (A. Carmenate Díaz, Ed.; Primera edición). Consonni.

Derrida, J. (1997). Mal de archivo: Una impresión freudiana. Trotta.

Fernández Polanco, A. (2019). Crítica visual del saber solitario. Consonni.

Flores, V. (2013, marzo 10). Tantas veces… http://escritoshereticos.blogspot.com/2013/03/tantas-veces.html.

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Trujillo Barbadillo, G. (2008). Deseo y resistencia: Treinta años de movilización lesbiana en el Estado español 1977-2007 (2a ed). Egales.

QUE ME ESTOY MURIENDO DE AGUA

De lecturas interrumpidas y usos desviados del material bibliotecario

Ana Olmedo Alguacil

Universidad Complutense de Madrid
anaolmedoalguacil@gmail.com

 DOI: 10.30827/sobre.v12i.35029

Citar como: Olmedo Alguacil, Ana. 2026 “Que me estoy muriendo de agua: De lecturas interrumpidas y usos desviados del material bibliotecario”. SOBRE 12. https://doi.org/10.30827/sobre.v12i.35029

Cite as: Olmedo Alguacil, Ana. 2026 “I’m dying of water: Interrupted readings and detoured uses of library materials”. SOBRE 12. https://doi.org/10.30827/sobre.v12i.35029