SOBRE

N12

ESTUDIO

Embriáguese en un sarcófago. Bibliotecas y letrinas

2026

EMBRIÁGUESE EN UN SARCÓFAGO

Bibliotecas y letrinas

Andrés Rivas Rodís

SECCIÓN ESTUDIO
SOBRE N12 01/2026

Ciertamente, mis posibilidades son infinitas
y mi nombre es: «el Gran Negro». 
Yo expreso lo que en mí se oculta entre las variaciones de mis Formas fluctuantes…] 

Oh Príncipe de los dioses Etishef, 
¿Escuchas aullar a los demonios calvos
a la hora que el brazo (de Osiris) está fijado? 

Tú dirás: «¡Ven!, ¡atraviesa el Abismo!,
¡Mira!, ¡ante ti, reducido a la impotencia,
yace, tu Adversario! Sus muslos atados al cuello; 
su parte inferior agarrotada a la cabeza…»

¡Oh vosotros, Príncipes divinos de la Región de los Muertos!
¡Que Isis y Nefti puedan
hacer aquietar el manantial de mis lágrimas!

Cuando desde la orilla admire a mi Otro Yo,
obligado por los mandatos de mi Destino, 
a recorrer los Circuitos del Abydos Celeste!

Anónimo, El libro de los muertos


Ya sé que es una oveja, pero ¿por qué una oveja no iba a ser un niño?
Lorca, La casa de Bernarda Alba


Soy todas estas palabras 
Beckett, El innombrable

Estos días, en redes sociales, se hicieron virales dos sucesos que podrían relacionarse casi de forma perversa: por un lado, el descubrimiento de un sarcófago romano del s. II que estos años había sido utilizado como barra para servir copas en Varna (Bulgaria); y por otro, una estrategia de venta que utilizan las compañías de alimentos que distribuyen a lo largo de la Península Ibérica, mediante la que, para no producir embalajes distintos para España y Portugal, desarrollan un juego tipográfico a través del que se puede entender, tanto en español como en portugués, el mensaje que quieren dar: por ejemplo, una mezcla entre las palabras batata y patata, entre forno y horno o artesanais y artesanas.

Digo que se pueden relacionar por varios puntos que comparten. Por un lado, ambos objetos son, en algún punto, ambivalentes: en un momento dado el sarcófago puede ser visto como tal (y así lo han determinado finalmente, al emplazarlo dentro de una vitrina, en un museo), pero, en otro momento dado, quién sabe si también hace mil ochocientos años, fue visto como mesa para apoyar y servir copas. Esto me recuerda a la losa de mármol con inscripciones fúnebres que servía antiguamente en casa de mi madre como encimera (aunque a esta sí se le había dado la vuelta, y se le había reconocido, por ello y oscuramente, su auténtico significado). En el caso de los embalajes, son ambivalentes a propósito, por una economía de medios, anticipándose a la asociación que hará el comprador según su idioma: es decir, que ante un mismo embalaje (y texto), un portugués leerá batata y un español, patata. También comparten la cuestión de la traducción, esto es, las operaciones inventivas –y por tanto, creativas y generadoras– mediante las que un mismo objeto (sea palabra o pieza de mármol) migra, se localiza en otro contexto y se reconstituye según lo que tiene al lado: si al contrario de lo previsto por la empresa, un español leyese batata, le cambiaría por completo la percepción del alimento, dado que pensaría que se trata de algo que contiene boniato. Además, en ambos ejemplos ha habido un momento de clausura, tanto al colocar en una vitrina el sarcófago (es decir, clasificando al objeto en tanto sarcófago), como cuando los encargados del packaging deciden servirse de la ambivalencia exclusivamente por abaratar costes y, finalmente, emplean el lenguaje para denominar de la manera más directa y efectiva posible el contenido alimentario. Nosotros, en tanto artistas, nos posicionamos ante esos objetos en los (múltiples) contrasentidos, como el que se sirve una copa sobre el sarcófago o como el español que lee batata y se confunde. 

El poeta y lingüista Mario Montalbetti, en una conferencia titulada La mesa de Ishigami y la idea del poema (Montalbetti, 2022), desarrolla un problema que podemos vincular con estos hechos. Cuenta cómo el arquitecto Junya Ishigami construye una mesa imposible: con las medidas de 1,1 metros de alto, 2,2 de ancho y 9 de largo: 9 metros de una plancha de metal de 3 milímetros de espesor y un peso de 700 kilos. Para conseguir un equilibrio perfecto y evitar que la plancha se curve por el peso, Ishigami la curvó, previamente, en el sentido opuesto, y además contó con el peso de una serie de objetos que se colocarían a posteriori sobre la mesa. Con estos cálculos, el arquitecto consiguió una mesa perfectamente horizontal y en equilibrio, aunque extremadamente frágil: cualquier gesto o elemento –por muy leve que fuera– que se colocase sobre la mesa la desequilibraría, haciéndola temblar. Esta mesa, dice el autor, comporta un problema lingüístico, dado que el objeto no es, según el diccionario, una mesa. La mesa que la RAE define es una mesa útil y esta no lo es dado que, si se usa, deja de parecerlo, de desempeñar su función, de ahí que se la considere imposible. La pregunta, entonces, es clara: si no es una mesa, entonces, ¿qué es? Montalbetti dice que el poema presenta un problema semejante, en el sentido en que desafía la «clausura semántica» (Montalbetti, 2022) (la idea de que solamente lo que tiene un significado es lenguaje). La mesa –la de Ishigami, pero también el sarcófago empleado como mesa– no tiene significado (como sí lo tienen las cosas-palabra), es decir, no tiene «identidad lingüística» (Montalbetti, 2022). El poema tampoco tiene identidad lingüística porque se trata de una operación de montaje, donde los significantes, como los objetos que coloca Ishigami sobre su mesa se disponen en perfecto equilibrio y la atención no se fija ya en qué objeto está o cuál falta, es decir, en realizar un inventario, sino que la operación poética alude, en definitiva, al soporte, a aquello que tiembla. Los objetos (las palabras, las cosas) son imprescindibles, pero siempre en relación a ese temblor. 

El equilibrio que hace que la mesa de Ishigami sea percibida como mesa es como el equilibrio que hizo que, durante tanto tiempo, el sarcófago tuviera otros usos. Estaba sometido a la vacilación, a la contradicción, a albergar la muerte o a celebrar la vida, a cambiar sobre su superficie los objetos para ser mutable. Y el momento de clausura semántica coincide con el momento de envitrinado de la piedra en calidad de sarcófago. Los ejemplos que puede haber de estas mutaciones objetuales son innumerables, y puedo citar algunos que aparecen en la web reinventos.wordpress.com: somier como puerta de huerto, somier como separador y techo de gallinero, barca como arenero infantil, media barca como macetero vertical, neumáticos como obstáculos y pruebas en un campo de entrenamiento de perros, media bañera como sillón, bidones pequeños como asientos, biblioteca pública como pub, cristalino de pez como perla en anillo, traviesas de tren como peldaños de escalera, cochecito de bebé como tenderete de chuches, vértebra de ballena como taburete, etc. 

Estos gestos, en definitiva (paradójicamente) son provisionales. El objeto útil se desplaza de sí mismo al destronar su propia definición; es lo que Montalbetti denomina desfase, al hablar de poesía, aquello que sucede cuando el lenguaje colapsa. Los objetos citados arriba son lingüísticamente imposibles por lo mismo que la mesa de Ishigami, puesto que somier, por ejemplo, como dice el diccionario de la lengua española que es un «Soporte de tela metálica, láminas de madera, etc., sobre el que se coloca el colchón», así como dice del cristalino que es un «Cuerpo en forma de lente biconvexa, situado detrás de la pupila del ojo de los vertebrados y de los cefalópodos», y no es, en ningún caso, una cosa que se asemeja a una perla en un dedo de mujer. La clausura de sentido desemboca en clasificaciones exhaustivas o en un enciclopedismo que busca contener y agrupar todos los objetos existentes. Desemboca en el John Wilkins borgiano, en su biblioteca, en su nuevo idioma donde todo lo que existe ha de ser inventariado y denominado, aunque las categorías, como lo hace la novena, resulten sospechosamente extrañas:

Los metales pueden ser imperfectos (bermellón, azogue), artificiales (bronce, latón), recrementicios (limaduras, herrumbre) y naturales (oro, estaño, cobre). La belleza figura en la categoría decimosexta; es un pez vivíparo, oblongo. Esas ambigüedades, redundancias y deficiencias recuerdan las que el doctor Franz Kuhn atribuye a cierta enciclopedia china que se titula Emporio celestial de conocimientos benévolos. En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas. (Borges, 1984, pp. 707, 708)

Sabemos que también de esa enciclopedia china se sirvió Foucault para el desarrollo de Las palabras y las cosas, donde destapa lo arbitrario de las clasificaciones y expone los modos en los que el saber, a lo largo de la historia, se ha ido organizando según criterios más o menos lejanos a los actuales. Del mismo modo, podrían quizá, tanto Borges como Foucault, citar el lema fundacional de la RAE: «Limpia, fija y da esplendor», que figura alrededor de la imagen de un crisol –el forjado de la palabra– en su escudo. Ante lo fijado, lo impoluto y lo claro del lenguaje categorizante, ¿qué es una bañera usada como bebedero para las bestias? Si, como dice Montalbetti, un objeto de este tipo es desestimado –desde la clausura semántica– como objeto lingüístico por carecer de significado, entonces, ese es nuestro lenguaje: el de lo ambigüo, lo sucio, lo cambiante, lo putrefacto, lo provisional, lo superficial, lo tembloroso. 

En Historia de la mierda, Dominique Laporte hace una aproximación semejante con respecto al Renacimiento. Compara dos comunicados que se hacen en Francia en el año 1539, aparentemente desvinculados: por un lado la ley Villars-Cotters, que obliga al uso exclusivo de la lengua francesa para la administración de la justicia, el registro del Estado Civil y las actas notariales: 

Para que no haya lugar a dudas sobre la interpretación de tales edictos, queremos y ordenamos que se hagan y escriban con tal claridad que no haya ni pueda haber ninguna ambigüedad o incertidumbre ni duda alguna sobre su interpretación. (Laporte, 1998, p. 9)

y por otro lado, un edicto emitido por el propio Rey, donde se prohíbe a la ciudadanía, ante la basura a flor de la piel pública,

vaciar o arrojar a las calles y plazas de la citada villa y sus alrededores, basuras, agua de colada, agua infectada o de cualquier otro tipo, así como retener en las casas durante tiempo orines y aguas corrompidas o infectas; así, les instamos a acarrearlas y vaciarlas de inmediato al arroyo y echar luego un cubo de agua limpia para darles curso. (Laporte, 1998, p. 11)

Y que «estas basuras e inmundicias sean cerradas y puestas en sus casas en cestos y cuévanos, para que sean llevadas, después, fuera de la citada ciudad y sus alrededores». (Laporte, 1998, pp. 11, 12) A aquellos que no cumpliesen con las obligaciones de saneamiento, les serían expropiados sus hogares y sus bienes. Los ciudadanos deben esconder su mierda, sus cerdos y otros animales, evacuándolos en todo caso lejos de la vista de los demás, o si no la ley se ocupará de la limpieza por su propia mano, pues todo ha de estar, como Freud dice de la cultura tras la represión de la función excretora, limpio, ordenado y bello. Todo se dirige hacia la gestión del desperdicio, a sacarlo afuera (como dice Foucault que hacen con los locos y los enfermos). Y se entiende como desperdicio lo que da lugar a equívoco dentro del plano comunicativo (o lo que da lugar a equívoco dentro de la categoría de humano), luego debe también gestionarse, es decir, debemos abogar por un lenguaje claro y libre de descomposición, como dice la ley de Villars-Cotters. El saneamiento del lenguaje tiene, por tanto, la función de determinar qué es y qué no es lo que tenemos delante, propone ir de cara, dar la cara, dar (tu) palabra, es decir (y jurar decir) nada más que la verdad. Lo que está mal dicho o mal escrito puede producir contrasentidos y confusiones, puede derramar todo un sistema de significados, acepciones, categorías1. Esas aberraciones son el síntoma de una escritura corporal, pueden aparecer por ignorancia, impulsividad o pasotismo, pero también conscientemente (no por ello esta posición es más legítima que aquellas). Pensemos en el lugar en el que queremos instalarnos con respecto a estos restos y desperdicios de la comunicación o los lenguajes, pensemos el lugar en el que queremos colocar nuestros cuerpos. 

El deseo de escritura o de creación pasa también –y sobre todo– por los márgenes de las leyes de saneamiento y de las operaciones administrativas: deambulando, ensuciándose, almacenando y alimentando cerdos, vacas, conejos, guardando orines, dejando(se) pudrir. Es por ello que podemos localizar esta potencialidad en el error (y aprovecharnos, cómo no, de ella). El «error» de lectura, por ejemplo, como veíamos ahora con el caso del consumidor español que lee batata en lugar de patata, hace que el sujeto se fugue de una serie de sistemas en los que supuestamente debería haber entrado, o en los que ya está dentro propiamente. La empresa de packaging propone –o predispone– dos sistemas claros: por un lado, el sistema de ambivalencia escrita (por supuesto, ambivalencia binaria y cerrada) y, en consecuencia, el sistema comunicativo en el que el receptor debe comprender, exactamente y sin alteraciones, el mensaje. Cuando el lector erra, sale completa e instantáneamente de los sistemas premeditados y se involucra en una relación con el código y con el mensaje completamente nueva. Digo errar como digo deambular, precisamente, en esa doble significación de la palabra errancia. El lector que deambula por el sistema previsto, como dicen Deleuze y Guattari acerca del animal kafkiano (1978), encuentra huecos por los que se cuela y se fuga o pierde (se equivoca), y así da con un mundo nuevo donde el código, a pesar de una falsa ambivalencia, puede ser ambivalente con respecto a sí mismo y con respecto a lo que implica; aquí en concreto, sucede porque el término batata existe en los dos idiomas y hace referencia, la misma palabra, a dos alimentos distintos. Aparece una ambivalencia transformadora dentro de una ambivalencia dirigida (pautada): aparece una posibilidad de variación (vacilación) dentro de lo invariable de una determinada estructura. 

En este punto, cabría poner el foco en los modos en que están organizados los términos o ideas (de la misma forma que b(p)atata se comprende dentro de un sistema organizativo propio), y cabría, además, determinar los lugares, cavidades o túneles que existen en esos sistemas para poder errar, para poder atenernos a una metodología del equívoco. El saber que se almacena por categorías en una determinada biblioteca institucional al uso –estatal, educativa, etc.–, lo sabemos bien, no está organizado del mismo modo que una biblioteca de y para el placer, la predisposición o la asociación, sino, inevitablemente, por «temáticas», de forma selectiva pero no a criterio de una subjetividad determinada (que lleve a cabo una selección parcial y consciente) ni siquiera despótica, sino de una supuesta objetividad genérica que determina qué contenidos deben o no deben incluirse, estar próximos, etc. en ese espacio que debe propiciar o generar saber. De nuevo, en este tipo de archivo, el espacio propuesto para la lectura o la investigación se reduce a un recorrido de opciones limitadas, con desvíos o ambivalencias concretos, y quizá ni siquiera (o no en todas las ocasiones) por una oscura razón comercial o de control, sino por mero rendimiento (eficacia). 

En cambio, existen otros sistemas de organización que se desvían del utilitarismo y favorecen estos encontronazos o errores que venimos describiendo. La caprichosa biblioteca del historiador Aby Warburg pasa por alto los sistemas de clasificación universales –como el Decimal Dewey (CCD)–, y organiza sus volúmenes partiendo de lo que él denominaba Ley del buen vecino, esto es, estableciendo relaciones dispares entre disciplinas para un abordaje transversal del conocimiento o el objeto de estudio en cuestión. Así, podía encontrarse con libros de historia al lado de libros de astrología o religión, sin estar, por ello, fuera de lugar, por lo que establecía no sólo relaciones transdisciplinares, sino también transculturales y transtemporales. Al ir en busca de un libro concreto, se topaba con esos entrañables y sorpresivos vecinos y, dislocando su intención inicial (errando), abordaba el problema desde nuevas perspectivas (quizá) no tan lógicas, o por lo menos no tan premeditadas. La biblioteca era constantemente reorganizada, según el tipo de investigación en la que Warburg estuviese trabajando, lo que implica, de nuevo, su conciencia de la provisionalidad de los sistemas categóricos, que entendía como operaciones de localización y almacenaje necesarios pero ficticios y en cierto modo arbitrarios, como ya vimos más arriba en Borges. La biblioteca de Warburg rechazaba la organización definitiva, taxonómica y recopilatoria, y en su lugar favorecía la migración e interacción entre los materiales. No es de extrañar, por tanto, que el abordaje de estudios tan importantes como el Atlas Mnemosyne resulten tan complejos y difíciles de clasificar dentro (pero también fuera) de las tareas que habitualmente asociamos al historiador. La mezcla de elementos diversos y provenientes de distintas disciplinas o momentos históricos y culturales le permitía a Warburg desarrollar un estudio más expansivo que localizado. A través del establecimiento de nexos y semejanzas, generaba un tejido complejo donde todo contenía en sí la posibilidad de ser asociado con otra cosa, proponiendo, como digo, una concepción del pensamiento más transversal que unidireccional2.

La biblioteca de Warburg, así como su Atlas, son ejemplos organizativos, dentro del contexto de la investigación (y la creación), de la animalidad que escapa a unas modelizaciones genéricas y a la clausura sistemática del sentido. El significado de los materiales –que resulta de las operaciones de relación– es mutable o se esconde según aquello que le sea colocado al lado; además del hecho de que la polivalencia de una imagen o un volumen puedan resultar útiles para hablar de distintos temas. Vemos aquí, en el campo epistemológico, un modo de relación con las cosas y el saber que se corresponde con la polivalencia de los objetos referidos al principio (los re-inventos o las mesas –de Ishigami, del bar en Varna–), donde el valor de eficacia o utilitario se transforma constantemente, dando pie a multiplicidad de usos en un solo objeto o, lo que es lo mismo, ningún uso definitivo3. Este modo de abordar el conocimiento es, en tanto errante, puramente desorientado. Como dice Sara Ahmed (Ahmed, 2019), conseguir orientarse es tener al alcance determinadas formas, objetos o conocimientos fijos o familiares que hacen que estemos seguros de por dónde estamos pisando. Organizar los materiales de trabajo –las bibliotecas, las imágenes. etc.– desde la posición de la desorientación –o del no-saber– implica desplazar las reglas de proximidad. Se trata, tanto en lo político como en lo sexual, como en lo identitario o lo creativo, de desembarazarse de determinadas operaciones orientativas (o ambivalencias duales y falsas) que nos hacen adoptar los trayectos comunes o hegemónicos, de ahí la importancia de esta re-organización. El vértigo o el tanteo de la desorientación son actitudes que conservan la pasión del equilibrio, el desplazamiento de las definiciones y los lugares aprendidos. Desorientados, dudando y vacilando es cómo podemos escapar de «ese monstruo que es el Significado Último» (Barthes, 1994, p. 222). 

Propiciar la errancia y el vagabundeo implica también, y al mismo tiempo, ser parte de un contagio, de una infección: cuando algo completamente distinto asalta nuestro cuerpo construye en (con) nosotros un lenguaje que no entendemos, pero del que comenzamos a ser partícipes, como el niño que repite compulsivamente una sílaba. La «pérdida de norte» que nos aborda cuando aparecen otros nortes, se abre paso en contextos de carga vírica, de contacto con desechos en lugares periféricos donde las políticas de saneamiento todavía no han calado. Son zonas virulentas, ponzoñosas, pestilentes, donde el contacto con otros cuerpos comienza a consistir en una transformación mutua de genéticas, en una co-mutación. La letrina, que fue adalid de la asepsia (lo vimos con aquellos hogares franceses) es también, y sin contradicción, adalid del desecho, de lo putrefacto. Dentro de su ambivalencia, vemos que hay distintas concepciones de la gestión del residuo, distintos tipos de letrinas, así como existen tantos tipos de bibliotecas. 

Como vio Laporte, el ciudadano aséptico, que hoy forma parte –y más concretamente sus residuos– de un sistema sofisticado de alcantarillado (por supuesto, subterráneo y fuera de la vista panorámica de la ciudad) se aleja del ganadero, al que en la periferia se le pega el olor de la mierda animal al cuerpo, la misma a la que le construye edificaciones (estercoleros) a la vista de todos. El lenguaje «oficial» o administrativo que purifica y esconde el equívoco se contrapone a un lenguaje que huele. Así, entendemos que el contagio y el olor de lo que nos asalta y se nos pega, pueden, de repente, abrirnos paso a nuevas direcciones o relaciones contextuales. Forman parte de movimientos y trayectorias invisibles que, dejándonos poseer, pueden invitarnos a entrar, como dice Dalí, en la «tierra de los tesoros»:

Nada puede impedirme reconocer la presencia múltiple de simulacros en el ejemplo de la imagen múltiple, incluso si uno de sus estados adopta la apariencia de un asno podrido e incluso si ese asno es realmente y horriblemente podrido, cubierto de miles de moscas y hormigas, y, como en este caso uno no puede suponer el significado por sí mismo de los distintos estados de la imagen aparte del concepto de tiempo, nada puede convencerme de que esta cruel putrefacción del asno sea otra cosa que el cegador y duro reflejo de nuevas piedras preciosas.

Y no sabemos si detrás de los tres grandes simulacros, la mierda, la sangre y la putrefacción, no se esconde precisamente la deseada «tierra de los tesoros». (Dalí, 2020)

El ganadero construye una alternativa de clasificación, que deriva en múltiples utilidades (un mismo gesto que beneficia, de distinto modo, a tantos otros organismos). El alcantarillado oculta, desvía, silencia. Los desechos que almacena el ganadero o el campesino se esparcen luego: fertilizan. Son elementos que no tienen una desembocadura clara: no tienen rostro, ni boca, sino la promesa de poder entrar en contacto con un nuevo suelo, promesa de transformación y participación en nuevos ciclos. Entender las materialidades lingüísticas o artísticas como compost más que como articulación de elementos fijos nos invita a entrar en narrativas paralelas, tanto con el objeto creado como con aquellos que lo reciben (lectores, espectadores, etc.). Es una proposición de fertilidad: de materialidades fértiles y fertilizantes a un mismo tiempo, donde la renuncia a la clausura semántica invita a la iterabilidad del contenido, donde cada interacción implica, independientemente, una nueva posibilidad. El artista, el escritor o el investigador se vuelcan en el placer de la metamorfosis continua y sobrepasan la terrible tarea de establecer ese Significado Último. Porque si una imagen (pero también un concepto, una concepción) puede ser doble o múltiple dependiendo de la implicación subjetiva del que observa, las operaciones combinatorias también crecen exponencialmente. A través de esas combinaciones (más o menos provisionales) se piensa sobre –en el doble sentido de la palabra (tanto desde como acerca de)– el elemento que sustenta. A este objeto nos aferramos tan sólo parcialmente, de acuerdo con unas condiciones determinadas para luego, sin ningún reparo, concederle movilidad, esperando a que inicie una nueva trayectoria. Nos detenemos sobre él hasta que llegue el momento de comenzar la siguiente migración. Un gesto tan simple como los vistos hasta ahora, de colocación o disposición de objetos sobre una superficie (copa en el sarcófago, mesa de Ishigami, poema en Montalbetti, libros en Warburg, estiércol en el suelo, etc.), conlleva a una reflexión interna sobre la misma noción de soporte: hablamos de la alteración que reciben (y la dirección que van a tomar a partir de entonces) ambas partes. Una práctica donde el agente alterador es, al mismo tiempo, alterado, donde la producción de sentido toma forma a cambio de la producción de la propia subjetividad. Cuando el error aparece, cuando se bebe una copa en el sargófago, se hace un ensayo sobre la muerte.

Referencias

Ahmed, S. (2019). Fenomenología queer: orientaciones, objetos, otros. Edicions Bellaterra. 

Barthes, R. (1994). El susurro del lenguaje. Paidós Comunicación. 

Borges, J. L. (1984). Obras Completas. Emecé editores. 

Dalí, S. (2020, 28 de marzo). El asno podrido. Dabriainsein. https://dabriainsein.wordpress.com/2020/03/28/el-asno-podrido/.

Deleuze, G. y Guattari, F. (1978). Kafka, por una literatura menor. Ediciones Era. 

Didi-Huberman, G. (2009). La imagen superviviente. Abada Editores. 

Laporte, D. (1998). Historia de la mierda. Pre-textos. 

Montalbetti, M. [CA2M] (2018, 19 de diciembre). XXV Jornadas del estudio de la imagen. Mundanizar el mundo.Mario Montalbetti [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=lZH2uHUplRo.

Montalbetti, M. [Cátedra Abierta en Homenaje a Roberto Bolaño] (2022, 15 de marzo). Mario Montalbetti- La mesa de Ishigami y la idea del poema [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=OeuZ3EF3dvY&t=2527.

Pies de página

En este sentido, Roland Barthes habla de la cuestión ortográfica (de la discriminación por la falta de ortografía) como motor represivo: «El primer efecto de la ortografía es discriminatorio; pero también tiene efectos secundarios, incluso de orden psicológico. Si la ortografía fuera libre –libre de ser o no simplificada, a gusto del usuario–, podría constituir una práctica muy positiva de expresión; la fisonomía escrita de la palabra podría llegar a adquirir un valor poético en sentido propio, en la medida en que surgiría de la fantasmática del que escribe, y no de una ley uniforme y reduccionista; no hay más que pensar en esa especie de borrachera, de júbilo barroco que revienta a través de las «aberraciones» ortográficas de los manuscritos antiguos, de los textos de niños y de las cartas de extranjeros: ¿No sería justo decir que en esas eflorescencias el individuo está buscando su libertad: libertad de trazar, de soñar, de recordar, de oír?» (Barthes, 1994, p. 60). (Volver al texto)

La coherencia de su gesto residía en la permutabilidad misma: en el desplazamiento combinatorio incesante de las imágenes de plancha en plancha, y no en un «punto final» cualquiera (que sería el equivalente visual de un saber absoluto). Es imposible detenerse en un «resultado», en una interpretación que es siempre modificable y que nunca se halla encerrada sobre la «unidad», cualquiera que sea.
Warburg había comprendido que debía renunciar a fijar las imágenes […] El pensamiento es un asunto de plasticidad, de movilidad, de metamorfosis. […] El simple protocolo técnico de las pequeñas pinzas que dejan a las imágenes su movilidad y hace que el «juego» nunca acabe constituye, por sí solo, una refutación de toda síntesis, de todo estado definitivo. (Didi-Huberman, 2009, p. 417). (Volver al texto)

Así lo dice también Montalbetti, siguiendo a Alain Badiou, al hablar de la función de la metáfora: «La diseminación es la disolución del objeto mediante una distribución metafórica infinita. Me explico. La forma general de la metáfora es la siguiente: a es b. Entonces puedo decir «el tiempo es oro» y al hacerlo declaro la equivalencia entre el tiempo y el oro (y nuestra tarea será la de descubrir propiedades comunes de uno y otro término para experimentar la metáfora). De hecho, la mitad de lo que hace toda teoría literaria es construir metáforas del tipo «El Quijote» es «x» y dar una explicación de x–que es lo que suele llamarse una interpretación. Pero Badiou está pensando en algo más interesante porque la diseminación es metaforización infinita. Es decir, al contrario de lo que hace la teoría literaria que declara que «El Quijote» es «x» y se detiene en x, el poema continúa infinitamente. El poema no se contenta con a es b, sino que continúa y afirma que b es c y que c es d… El poema construye entonces una serie de la forma <a es b es c es d es e…>. ¿Cuál es el resultado de esta operación? Claramente, una equivalencia excesiva entre los objetos. Cualquier objeto es como cualquier otro. El objeto, por lo tanto, pierde su objetividad, pero no por una falta, sino por un exceso de equivalencia con otros objetos. La defección del poema consiste entonces en retractarse del objeto (disolviéndolo en la diseminación metafórica infinita)» (Montalbetti, 2018). (Volver al texto)

Andrés Rivas Rodís

Andrés Rivas Rodís es graduado en Bellas Artes por la Universitat Politècnica de València y ha realizado el máster en Investigación y Creación en Arte en la Universidad del País Vasco. Actualmente cursa el doctorado en Creación e Investigación en Arte Contemporáneo en la Universidade de Vigo, con un proyecto que estudia las relaciones, correspondencias y acercamientos que se dan a través de la fragmentación y el montaje tanto en escritura como en artes plásticas, mediante las nociones de intertextualidad y palimpsesto. 

Como pintor, ha realizado exposiciones tanto individuales como colectivas a lo largo del territorio nacional y obtenido becas de producción en residencias artísticas, donde ha desarrollado proyectos como Ad´dâd: el engaño de la ortiga, el más reciente, en el programa 11 Residencias de Creación e Investigación Artística, en el Museu de la Universitat d’Alacant. 

EMBRIÁGUESE DE UN SARCÓFAGO

Bibliotecas y letrinas

Andrés Rivas Rodís

Universidade de Vigo
andresrivasrodis0@gmail.com 

 

DOI: 10.30827/sobre.v12i.35033

Citar como: Rivas Rodís, Andrés. 2026. “Embriáguese de un sarcófago. Bibliotecas y letrinas”. SOBRE 12. https://doi.org/10.30827/sobre.v12i.35033

Cite as: Rivas Rodías, Andrés. 2026. “Become intoxicated in a Sarcophagus. Libraries and Latrines”. SOBRE 12. https://doi.org/10.30827/sobre.v12i.35033