SOBRE
N12
PANORAMA
El vértigo de las formas en los espacios del saber: por un reequipamiento ontológico en la biblioteca por venir
2026
Julio Jesús Jiménez Sarabia y Carmelina de Jesús Martínez de la Cruz
Julio Jesús Jiménez Sarabia
Universidad Anáhuac México
julio.jsarabia@anahuac.mx
Carmelina de Jesús Martínez de la Cruz
Universidad Anáhuac México
carmelina.martinez@anahuac.mx
Recibido/Submitted: 12/09/2025 | Aceptado/Accepted: 07/01/2026
DOI: 10.30827/sobre.v12i.34879
Citar como: Jiménez Sarabia, Julio Jesús; Martínez de la Cruz, Carmelina de Jesús. 2026. “El vértigo de las formas en los espacios del saber: por un reequipamiento ontológico en la biblioteca por venir”. SOBRE 12. https://doi.org/10.30827/sobre.v12i.34879
Cite as: Jiménez Sarabia, Julio Jesús; Martínez de la Cruz, Carmelina de Jesús. 2026. “The vertigo of forms within the spaces of knowledge: toward an ontological reconfiguration of the library to come”. SOBRE 12. https://doi.org/10.30827/sobre.v12i.34879
THE VERTIGO OF FORMS WITHIN THE SPACES OF KNOWLEDGE: TOWARD AN ONTOLOGICAL RECONFIGURATION OF THE LIBRARY TO COME
ABSTRACT: The aim is to make the library of the future visible as a model based on the ideas of Jorge Luis Borges, Umberto Eco, and Jacques Derrida. The proposed method is constructed through a triple framework: literary, curatorial, and ontological, which allows for the selection of four case studies that stand out for their spatial arch-writing: the Central Library by Juan O’Gorman; the Musashino Library by Sou Fujimoto; the Seattle Library by Rem Koolhaas; and the Warburg Library by Gerhard Langmaack. The architectural form is analyzed to organize the space, which, according to Borges, ranges from the labyrinth to the Tower of Babel. The concept of the list present in Eco’s semiology is taken up as a tool for understanding a collection. Finally, the text concludes with a manifesto that articulates the floor plan, elevation, and engraving of the library to come, which responds to the fracture of the digital archive from an ontological re-equipment.
KEY WORDS: library spaces, ontological re-equipment, archi-writing, labyrinth, Tower of Babel
RESUMEN: Se propone hacer visible la biblioteca del futuro como modelo trazado a partir de las ideas de Jorge Luis Borges, Umberto Eco y Jacques Derrida. El método propuesto se construye por medio de un triple marco: literario, curatorial y ontológico, lo cual permite la selección de cuatro casos de estudio que destacan por su archi-escritura espacial: la Biblioteca Central, de Juan O´Gorman; la Biblioteca Musashino, de Sou Fujimoto; la Biblioteca de Seattle, de Rem Koolhaas; y la Biblioteca Warburg, de Gerhard Langmaack. Se procede al análisis de la forma arquitectónica para organizar el espacio, el cual, según Borges, va del laberinto a la torre de Babel. Se retoma el concepto de lista presente en la semiología de Eco como herramienta para entender una colección. Finalmente, el texto concluye con un manifiesto que articula planta, alzado y grabado de la biblioteca por venir que responde a la fractura del archivo digital desde un reequipamiento ontológico.
PALABRAS CLAVE: espacios bibliotecarios, reequipamiento ontológico, archi-escritura, laberinto, torre de Babel
SECCIÓN PANORAMA
SOBRE N12 01/2026
1. Introducción: cada biblioteca está llamada a ser única
Es imposible hacer una taxonomía que, a manera de catálogo, pudiera abarcar la totalidad de bibliotecas creadas a lo largo de la historia de la humanidad. Ordenarlas por sus formas plásticas o su programa arquitectónico es incidir en un equívoco porque estos elementos no nos revelan su potencia como espacio existencial. ¿Cómo hacer esta categorización? Cualquier intento de clasificación de este tipo de espacios deja fuera la apropiación de las personas que vivencian y edifican una biblioteca. Las formas, los espacios y los libros son un todo inseparable que sitúa y da carácter, en cada caso particular, a un modo de ser y aparecer de este espacio del saber. Por ello, la biblioteca del futuro, en tanto que, situada a una memoria, a un pueblo, a una época, a una colección y a una curaduría especifica, está llamada a ser única. En esta singularidad y en su devenir múltiple, decimos junto con Achilles y Antonio (2021) que la biblioteca nunca es sólo biblioteca, sino que albera las otras bibliotecas, el otro porvenir, en tanto que sus espacios que permiten el aprendizaje van más allá del estudio de la escritura y la lectura.
Vista así, la biblioteca como problema del espacio en arquitectura no se reduce a una cuestión formal ni programática, sino que responde a una escritura sobre el espacio. Vale decir, una archi-escritura (Derrida, 2018; Yébenes, 2016) como estructura originaria anterior a lo que una biblioteca dice y a la presencia de lo que una biblioteca es. Una vez consciente el arquitecto de este punto de partida, podría operar creando dispositivos de producción de sentido para el aprendizaje, la lectura y la investigación.
2. Método
Como se ve, es necesario un análisis que se oriente a comprender cada biblioteca como configuración singular que dé cuenta de cómo su equipamiento ontológico se ensambla en un todo entre la curaduría de sus colecciones, el sentido de sus espacios arquitectónicos y las relaciones interpersonales que emergen de sus experiencias. Por estos motivos, el método propuesto aquí se construye mediante un triple marco: literario, curatorial y ontológico. A saber: La Biblioteca de Babel, de Jorge Luis Borges; El vértigo de las listas, de Umberto Eco; y la idea de que Escribir es un modo de habitar como propone el pensamiento de Jacques Derrida. Esta estrategia curatorial muestra las condiciones en las que planta, alzado y grabado funcionan como dispositivos para inscribir el saber en las bibliotecas. Vale decir que el espacio produce modos de aprendizaje en los cuales leer, conocer y habitar se convierten en un acontecimiento.
Esta línea, entendida como modelo epistemológico operativo, es la base del análisis arquitectónico de los espacios bibliotecarios aquí propuestos. En Borges, la forma arquitectónica adopta una organización laberíntica cuando busca la verdad, y una configuración babélica cuando asume la imposibilidad de alcanzarla. En Eco, estos lugares, en cambio, no se pensarían desde su forma, sino desde su instrumentalidad, mediante la cual se pueden enumerar sus colecciones como listas prácticas o poéticas. Finalmente, para la filosofía de Jacques Derrida, la arquitectura no se reduce a una cuestión formal o instrumental, sino acontecinamental. Para el filósofo francés, los espacios bibliotecarios operarían como máquinas de escritura que ordenan el acontecimiento a partir de los ejes de alzado, planta y grabado. Estas dimensiones ontológicas, más que categorías proyectuales, estructurarían la experiencia del saber, en tanto que dejan huella en la materialidad del archivo y se abren a la imposibilidad de cerrar el sentido del espacio bibliotecario.
Aplicado al estudio de bibliotecas, nuestro método ejemplifica casos arquitectónicos que ilustran las ideas de Borges, Eco y Derrida, para abrir la reflexión sobre un posible reequipamiento ontológico bibliotecario capaz de asumir la fractura del archivo digital. La forma borgiana la encontraremos en el laberinto de Sou Fujimoto y la babélica, en la espiral de Rem Koolhaas. Por su parte, la Biblioteca de Aby Warburg evidencia tanto el modo de lista ecoiana que organiza imágenes y libros en proximidad conceptual; así como el modo de escritura derridiana. Si nuestra reflexión empieza, siguiendo a nuestro filósofo francés, en la escucha de lo que la Biblioteca de Juan O´Gorman nos dice, termina por tomar dictado de lo que el alzado, la planta y el grabado enuncian como reequipamiento ontológico para el futuro (tabla 1).
Tabla 1
Esquema gráfico de la metodología
Caso de | Forma espacial | Tipo de lista | Modo de |
Biblioteca Central de Ciudad Universitaria. Ciudad de México. Juan O´Gorman, 1952 | Laberíntica en su colección y babélica en su iconografía, que se despliega como códice o libro | Lista poética en su iconografía mural y práctica en su acervo | Habla |
Biblioteca de la Universidad de Musashino. Tokio. Sou Fujimoto, 2010 | Laberíntica en sus circulaciones | Lista práctica en sus estanterías y poética en el continuo de sus circulaciones. Organiza espacios para el hallazgo y la lectura | Escritura en planta con forma laberíntica |
Biblioteca Central de Seattle. Estados Unidos. Rem Koolhaas, 2004 | Babélica en su alzado | Lista práctica expandida | Escritura en alzado con forma babélica |
Biblioteca Warburg. Hamburgo, Alemania. Gerhard Langmaack, 1926 | Laberíntica conceptual entre libros e imágenes | Lista poética | Escritura en grabado en la comparación visual y montaje de imágenes a través del epidiascopio |
Biblioteca del futuro | Laberíntica y babélica | Lista práctica y poética como base de la curaduría de la experiencia de cada lector | Habla y escritura, dan soporte a la información como dimensión física |
Fuente: elaboración propia.
3. A la escucha de lo que una biblioteca dice
Como vemos, la biblioteca en cierto sentido resguarda una ontología del espacio. En su modo de congregar y de ordenar distintas formas del pensamiento, estos lugares se muestran como un horizonte abierto a posibilitar la escucha de distintas épocas y posicionamientos. Su esencia da lugar a la intersección entre el espacio y la cultura. Un ejemplo de ello es la Biblioteca Central de Ciudad Universitaria, en la Ciudad de México (Jiménez, 1999, p. 116-146). De la autoría del arquitecto Juan O‘Gorman (1905-1980), se yergue a manera de libro abierto y deviene un gran mural que permite una escucha multidimensional y sensorial (Pérez, 2025, p. 2); nos enseña a tocar con los ojos la historia y a sentir la geografía de México con las manos. La forma plástica del edificio deviene sólo para activarla como obra de arte colectiva e inacabada (Pérez, 2022, p. 133). El parlamento de las piedras toma voz en cada fachada para dar cuenta de la cultura de un país, una época, y un saber (Latour, 2008).
Como sustenta Pérez (2025, p. 1), las bibliotecas también pueden hacer refugio para transformar lo individual en colectivo. Y la biblioteca de Juan O’Gorman lo ha hecho al convertir la materia vibrante de la piedra en un modo diferente de narrar la historia de una ciudad. El posicionamiento político del muralismo y de la arquitectura de Juan O‘Gorman en cierto sentido fue también un modo de resistencia a los fascismos (Pérez, 2025, p. 1). Como obra de arte inacabada, su textualidad se convierte en paisaje urbano para la interpretación siempre cambiante de distintos colectivos. En palabras de Reed-Leal (2023):
Las bibliotecas son entonces sitios creativos, vulnerables, abiertos y en constante construcción. Sitios que se componen de una fluidez de saberes, circulación inacabada, objetos que van y vienen o desaparecen; son espacios tentaculares: sus brazos se extienden en el tiempo, entre subjetividades y hacia diferentes geografías.
La Biblioteca de Juan O‘Gorman ha sido, siguiendo a la autora, refugio de manifestantes, bosque de piedras, fragmentación de epistemes, superposición en la colonización de saberes y patrimonio mundial de la humanidad; capaz de contar la historia México a través de un relato visual (Briuolo, 1999, pp. 158-207). Con sus cuatro fachadas, que responden a diferentes cardinalidades, este artefacto despliega de manera tentacular (Haraway, 2020) su discurso político y biocultural, a través del campus central universitario (Martín, 2006, pp. 103-116).
Como le mostrara Daniel Goldin –exdirector de otra gran biblioteca mexicana, la Vasconcelos– a Iglesias, «es necesario preguntarnos qué es lo que buscan, quieren o necesitan todos aquellos que van a una biblioteca», citado en Pérez (2025, p. 2). En el caso de la Biblioteca Central (figura 1), habría además que preguntarse por qué se congregan fuera de ella distintos miembros de la academia para posicionarse y manifestarse políticamente. Y es que su espacio circundante ha sido el lugar de convergencia y de resistencia social en varias épocas de la historia de México. Su mural (Martín, 2006, pp. 103-116). narra epistemes de distintas épocas: la eurocéntrica, la precortesiana, la copernicana, la ptolemaica, la era atómica o la revolución industrial. Su arquitectura se resiste al estilo internacional y se edifica con una nueva epistemología del sur (Sousa, 2019).
Figura 1: Bocetos preparatorios para los murales de la biblioteca central universitaria. Arriba muro sur, abajo, muro norte. Juan O‘Gorman. Fuente: Briuolo (1999).
4. Por una arqueología de los espacios en las bibliotecas
Para comprender qué se incluye y qué se deja fuera en una biblioteca, habría que enlistar sus encuadres epistemológicos. Esto es, los modos de acceso que se tienen para organizar las colecciones que la constituyen. Diseñar los espacios de una biblioteca ideal implica decidir qué saberes entran y qué saberes quedan fuera para delinear su forma curatorial. Desde Foucault (2010a), podemos comprender que la biblioteca también es una estructura política y un espacio de control de los discursos que reflejan un posicionamiento determinado. Así, organizar, catalogar, clasificar y acumular se convierte en un ejercicio de estratificación que visibiliza el mundo propio de una época.
Junto con nuestro arqueólogo del saber (Foucault, 2010a) podríamos decir que cada bibliotecario, cada lector, cada curador y cada colectivo puede ver y decir en función de sus condiciones de visibilidad y enunciación lo que puede visibilizar y enunciar en sintonía con su posicionamiento dentro del entramado de la historia. Como artefacto que tiene agencia (Latour, 2008), la biblioteca está obligada a organizarse como red, urdidumbre invisible y telar. Es decir, da espacio para que los documentos hablen entre sí y nos cuenten. Siguiendo al propio Latour (1995), podríamos decir que la biblioteca hace a sus lectores, así como los lectores son los verdaderos arquitectos del organismo edilicio. Este actante, la biblioteca, siempre ha empujado a devenir en la aventura del conocimiento humano no podría visibilizarlo todo y no podría decirlo todo, porque requeriría una capacidad espacial capaz de mutar en continua transformación.
Es necesario renunciar al afán de abarcarlo todo, a seguir con el modelo de las bibliotecas de Babel. Aludir esta forma babélica representa una utopía inacabada (Vela, 2013, p. 27; Maestro, 2024) que transforma lo efímero en un pasado eterno y cimentado; es decir, al concebir las bibliotecas con esa capacidad de ser un cimiento de lo que fue, éstas seguirán resguardando la memoria colectiva de la sociedad en la que habitan. Es por este motivo que imaginamos las bibliotecas no como estructuras fijas (Benet, 1990), sino como sistemas abiertos, donde cada lector, cada archivo y cada dato nuevo se entretejen con lo anterior, renovando continuamente el tejido. La biblioteca del futuro no será babélica por su acumulación, pero sí será infinita por sus relaciones entre cuerpos, textos, imágenes, dispositivos, silencios y conversaciones.
La biblioteca del futuro es infinita pero no total; contiene todos los libros posibles, pero para exhortar combinaciones inimaginables. Sin duda alguna será caleidoscópica; esto es, tendrá la capacidad de plegar, desplegar y reflejar el eco de las posibles combinaciones de sus encuadres epistémicos desde una ordenación espaciante. Reflejo de nuestra sociedad, esta institución está llamada a ser descentrada; y a dar lugar a la coexistencia entre orden y caos, pero sólo a reserva de la metáfora de la condición humana. Para Borges (2024), la biblioteca representa el anhelo humano de una libertad absoluta porque es el espejo del lenguaje como forma de construir mundos y símbolo de la búsqueda incesante de sentido (Pauls, 2022).
Para organizar las especies de espacios heterotópicos (Foucault, 1984) por sus epistemes y sus modos ontológicos de manifestarse en el tiempo, nos vemos obligados a esbozar una arquitectónica de los espacios bibliotecarios. El vértigo de tal empresa nos lleva a Umberto Eco (2009) y su reflexión sobre las listas como catálogos o elencos, en oposición a la arqueología del saber foucaultiana (2010b) o a la teoría del actor red latouriana. Eco, como semiólogo, literato, filósofo, curador, pensador y bibliotecario2, dio una gran lección en el momento en el que nos enseñó a ser conscientes del modo de ordenar la taxonomía de las listas. Para él, existe un momento que se manifiesta cuando somos incapaces de decir cuántos y cómo son los elementos que constituyen una constelación determinada. Piénsese en la cantidad de catálogos objetos y colecciones que existe en estos recintos que nos edifican.
5. El vértigo de las formas: del laberinto a la torre de Babel
Para Umberto Eco, hay listas que tienen fines prácticos y son finitas, como la lista de todos los libros de una biblioteca, sean estos impresos o electrónicos. En cambio, hay otras que pretenden sugerir grandezas innumerables y que nos transmiten el vértigo del infinito. Una ontología del espacio de las bibliotecas muestra que este dispositivo es infinitamente rico en formas arquitectónicas, literarias, poéticas y plásticas. Aquí, lugar y episteme se entrelazan como modos de habitar el mero placer de la enumeración, la euforia del catálogo, el afán de reunir elementos y el ensamblaje de pensamientos entre los que no existe ninguna relación específica dan cuenta de su riqueza.
Este universo de bibliotecas bien podría resumirse bajo dos imágenes mentales del pensamiento. Las que nos ponen en camino al encuentro y hallazgo del saber inesperado, cuya cartografía es laberíntica (figura 2). Y las otras, que, por su plataforma epistémica, sus colecciones y entrelazamientos nos proyectan hacia el infinito en una circularidad babélica.
Figura 2: Erik Desmaziéres ilustra el genio de Borges, quien supo resumir el vértigo de las formas del laberinto a la torre de Babel. Fuente: Desmazières (1998).
6. El hilo de Eco en los laberintos bibliotecarios
¿Cómo salir del laberinto que nos envuelve en los sesgos de la digitalización del archivo? En Umberto Eco encontramos una rápida respuesta en su libro El vértigo de las listas. Para nuestro pensador italiano, sólo hay dos maneras de organizar el desafío de lo inconmensurable del conocimiento: de manera práctica o poética; es decir, finita e infinita. Su sistema de pensamiento nos da el hilo que podría orientarnos entre esta acumulación heterogénea de saberes, entre la genealogía no jerárquica y discursiva de las epistemes, y entre los espacios de rupturas epistemológicas en donde no hay un orden universal. En suma, entre los espacios de yuxtaposición que, como advertía Foucault (2008), están basados en regímenes de poder-saber y de crítica-política.
Pensar las colecciones bibliotecarias desde la posible catalogación de Umberto Eco, o poner en práctica su organización desde lo que nuestro semiólogo denomina elenco, es enumerar la red de objetos desde la praxis de las listas. Para Eco, las listas oscilan entre la abundancia infinita y la enumeración abierta. En las primeras, perdemos el control cuantitativo y terminamos con un largo etcétera, mientras que en las segundas, finiquitamos la seriación de una manera puntual. En las listas existe una manera de organizar nuestro mundo como taxonomía no cerrada, sino abierta a lo inesperado, raro y marginal. Si enlistáramos las especies de espacios de todas las bibliotecas del mundo desde nuestro autor, sin duda las listas de espacios que constituyen estos recintos serían prácticas. En cambio, los modos de habitar estos lugares serían poéticos.
Umberto Eco nos comenta que cuando el Louvre3 le solicita organizar una serie de conferencias, pláticas y artículos no duda en proponer una nueva manera de pensar el elenco de una colección, el catálogo de una curaduría desde la organización de las listas. Éstas suponen enumerar, clasificar y organizar, desde una episteme determinada, un saber específico.
Así es que, en nuestro recorrido para repensar el espacio sobre bibliotecas, proponemos pensar las listas. Pensemos brevemente en cómo una biblioteca organiza sus listas, de los catálogos alfabéticos por materias de Charles Ammi Cutter (1837-1903) a la clasificación decimal de Melvil Dewey (1851-1931), pasando por la catalogación bibliográfica de Henry Evelyn Bliss (1870-1955). Imposible prescindir de la clasificación colonada de Ranganathan, de 1933, quien entiende el conocimiento como analítico, combinatorio, relacional o dinámico, desafiando los sistemas jerárquicos.
Arquitectónicamente, los espacios han servido para instituirse como depósitos, recorridos lineales o lugares de reconfiguración abierta a lo flexible. Si lo vemos con atención, la arquitectura de las bibliotecas da forma y lugar tanto a la información como al conocimiento. Por un lado, crean espacios confinados y estables para la conservación de catálogos, archivos o fondos históricos –haciendo visible un conocimiento estructural– y, por el otro, encauzando lo transitorio, lo abierto, y lo fluido, manifestando cómo procesamos la información. La Biblioteca del Congreso, de John L. Smithmeyer y Paul J. Pelz (1897), o la British Library, de Sir Colin St John Wilson y M. J. Long (1960-1998), son dos ejemplos de cómo pueden coexistir objetos digitales (como fotografías, videos y mapas) y colecciones físicas en una misma sinergia.
Como vemos, se ha intentado organizar el conocimiento; sin embargo, no se ha revelado la contingencia que está implícita en cualquier sistema clasificatorio. Como apunta Foucault (2022) en Las palabras y las cosas, existe un asombro de un pensamiento sin espacio común y también, como advierte Eco (2021) en El nombre de la rosa, cada texto se entrelaza dentro de otro en una tradición de pensamiento y erudición.
Desde ahí, un ejercicio de reimaginación nos lanza a la tarea de pensar los catálogos de tal manera que la biblioteca por venir quede asistida de un reequipamiento ontológico en sus espacios (Escobar, s/f). En esta infinidad de formas, de potencias y características, podemos aglutinar todas las bibliotecas en dos imágenes arquetípicas que darían cobijo a las infinitas colecciones y que cobrarían forma plástica en una imagen del pensamiento que iría del laberinto a la torre de Babel (figura 3).
Figura 3: Del laberinto a la torre de Babel. Arriba: diagramas de la biblioteca babélica de Rem Koolhaas para la universidad de Seattle. Fuente: Fujimoto (2010) y Gardinetti (2025). Abajo: esquema de la biblioteca laberíntica de Sou Fujimoto para la universidad de Musashino.
En la primera de estas imágenes, el arquitecto japonés Sou Fujimoto identifica dos actividades que deben prevalecer en la configuración de estos recintos. Éstas son la lectura (que demanda un espacio para concentración) y el hallazgo (que propicia una disposición del mobiliario, ordenado de tal suerte, que permita encontrar ejemplares de manera inesperada). Nuestro arquitecto encuentra la solución espacial de ambas demandas en el modelo del laberinto (figura 4), que como línea continua e intricada, delinea la biblioteca de la universidad de Musashino en Tokio (Fujimoto, 2010 pp. 158-179; Daniell, 2020).
Figura 4: Arriba: El laberinto interminable que enrosca el espacio de la biblioteca de la Universidad de Musashino, en Tokio. Fuente: Fujimoto (2010). Abajo: torre de Babel de la Biblioteca de Seattle de Rem Koolhaas. Fuente: Gardinetti (2025).
En la segunda imagen del pensamiento, la torre de Babel4, cobra forma plástica en el arquitecto holandés Rem Koolhaas, como nos demuestra la construcción del espacio-tiempo espiral que ordena la colección de libros de la biblioteca pública de Seattle en un continuum infinito.
La referencia a Babel encuentra su contraparte también en Umberto Eco (2009, p. 113), quien por medio de la categoría de elenco, describe el modo de ser de las listas poéticas. Éstas encuentran su forma espacial en la rampa sin terminar de la Biblioteca Pública de Seattle, de Rem Koolhaas (figura 5), que con su espiral de libros5 intenta sobrepasar las dimensiones de lo que la arquitectura es capaz de ordenar en un único espacio, evitando que las limitaciones propias de la biblioteca se impongan a la organización de la colección. De esta manera se evita que la planta se sobrecargue y que los materiales se disocien de sus categorías (Gardinetti, 2025). Su forma babélica y sus espacios interiores generados por el análisis del programa arquitectónico lograron resolver el proyecto dignificando los espacios bibliotecarios comprendidos como instituciones humanas (Norberg-Schulz, 1980, p. 52). Haciendo accesible sus instrumentos, el objetivo de Koolhaas era reinventar la biblioteca como institución no dedicada exclusivamente al libro (Gardinetti, 2025).
Figura 5: Espiral de libros. Se muestra en una línea roja el recorrido de los catálogos desplegado en forma elíptica a través del edificio. Fuente: Gardinetti (2025).
El pensar en la biblioteca contemporánea encarna la paradoja entre la aspiración utópica de Babel, presente siempre en la imagen del pensamiento arquitectónico (Grau, 1999), y el vértigo de las listas que describe Eco en un bucle sin fin. El proyecto de Koolhaas para Seattle o el laberinto de Sou Fujimoto para Tokio muestran que la biblioteca ya no puede entenderse como un templo del libro, sino como una institución viva, capaz de integrar múltiples medios, lenguajes y modos de acceso al conocimiento, que cobra forma ontológica en las acciones que realizamos dentro del espacio.
Forma laberíntica o babélica, dar lugar a la lectura, el hallazgo, el desplazamiento continuo en una colección, haciendo accesible todos los instrumentos, muestran principio y fin del vértigo de las formas que configura la biblioteca ideal. La biblioteca que viene no debería concebirse como depósito de libros ni extensión virtual del saber digitalizado. Debe pensarse, más bien, como la urdimbre invisible de una ciudad atenta a su memoria, su imaginación y su porvenir. En el telar del conocimiento colectivo, la biblioteca, como torre de Babel es metáfora de infinitud y, como laberinto, estructura compleja que entrelaza caminos.
Como espacio real, este recinto acumula y ordena epistemes, discursos y textos que concentran y distribuyen el saber, representándolos como objetos físicos a través de sus colecciones. Refleja en su reorganización continua mecanismos de poder y exclusión (León-Casero y Castejón, 2020). Koolhaas, en un intento de responder a esta complejidad, propone la cámara de mezclas (figura 6) como espacio de encuentro, como dispositivo espacial que contiene un patio de operaciones dedicado a la información que flota en una sala. Este lugar funciona como nexo que facilita un intercambio eficiente, exhaustivo e interdisciplinar, y es portal de acceso a colecciones permanentes.
Figura 6: Cámara de mezclas. Los ejemplares son reorganizados en función de las necesidades de los lectores. Fuente: Gardinetti (2025).
El hilo se ha perdido; el laberinto se ha perdido también. Ahora ni siquiera sabemos si nos rodea un laberinto, un secreto cosmos, o un caos azaroso. Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla felicidad. (Borges, 1989, p. 481)
7. La fractura de la experiencia ontológica del espacio por el archivo digital
Contra la migración digital de los libros, las bibliotecas deberían devenir paisaje habitado6, cuya espacialidad depende de la esencia del lugar en relación con quienes lo habitan, como sostenía Heidegger. Es necesario, entonces, diversificar las representaciones del mundo desde un pensamiento crítico y heterogéneo, convirtiendo a cada lector en curador de la información. El síndrome de la acumulación de cientos, miles y hasta millones de libros en archivos digitales no es lo que determina lo que es una biblioteca, sino la selección representativa que organiza las listas desde los saberes conforme las necesidades de la comunidad.
Como propone Jorge Carrión (23 de mayo de 2021), es necesario un nuevo modelo cultural en contra del archivo digital que permita el quehacer curatorial de la información, ya que una biblioteca construye cultura y es también una institución de la memoria; un espacio conformado más por las relaciones que se tejen que por los muros o la infraestructura espacial que permite hilar los múltiples caminos del pensamiento y de las necesidades específicas de cada comunidad como un espacio flexible que le confiere identidad (figura 7). Como sistema sociotécnico, soporta narrativas de los testimonios locales y preserva contenidos documentando imaginarios en los sistemas de representación sociales, propone a la vez nuevas formas de colaboración, que generan alianzas discursivas, activaciones y vínculos científicos sociales.
Figura 7: Collage conceptual del laberinto. El laberinto permite la fusión entre afuera y dentro para vincular el espacio social. Fuente: Fujimoto (2010, p. 160).
Homologación, uniformidad y estandarización son procedimientos algorítmicos que están a la base de la expansión del archivo digital. Aunque práctico y expansivo, conlleva a una desterritorialización del libro en tanto que se suprime el lugar en donde los saberes acontecen. El libro, en su devenir información y en su desmaterialización como objeto físico, se muestra como ubicuo, esto es, que está deslocalizado en tanto que está en todas partes.
8. Reequipamiento ontológico del espacio en las bibliotecas
El libro ha habitado en diferentes tipos de espacios que reflejan nuestros modos de conocer el mundo en distintos momentos de la historia de la humanidad. Como construcción simbólica, el libro se ha erigido como aquel espacio de la memoria (José Manuel Martínez Recillas, primero de enero de 2025) que ordena ideas y sostiene nuestros modos de habitar el lenguaje. La historia de las bibliotecas da cuenta de estas arquitecturas de la palabra (Vallejo, 2019). La biblioteca se ha erigido a lo largo de la historia como cartografía, lugar de encuentro y territorio para abrir umbrales entre el pensamiento reflexivo y la imaginación.
La monumentalidad de los espacios cerrados, como las bibliotecas de Alejandría (siglo III) o Pérgamo (siglo II), custodiaron la memoria vegetal del papiro y del pergamino, respectivamente, haciéndonos pensar de manera lineal y secuencial. Mientras que el silencio monástico de los espacios medievales, como el Monasterio de Montecassino (siglo VI) en Italia o el Monasterio de Saint Gall (siglo VII) en Suiza, en sus salas de escritura, dieron ritmo a la vida de los monjes copistas, reforzando la memoria. La era de la imprenta, en cambio, marcada por la proliferación masiva del libro, exige un nuevo orden racional para clasificar y organizar estas arquitecturas de la palabra, a la vez que detona una pluralidad de voces.
Por su parte, el proyecto de modernidad, al democratizar estos espacios, consigue instituir, en realidad dialógica, la experiencia de la lectura en un espacio para la reflexión comunitaria de futuros posibles. En la encrucijada actual del giro digital, la arquitectura debe responder al trasvase entre información y conocimiento señalando, como ha advertido Buckland (1991), en cómo las bibliotecas, al constituirse como red de artefactos materiales, transforman el conocimiento en el que articulan nuestra capacidad de transformación del mundo. La información ubicua e inmaterial abre camino a nuevas interrogantes de la sociedad por venir. Como vemos, los espacios bibliotecarios han dado cabida a la memoria colectiva, sea ésta vegetal, orgánica o mineral (José Manuel Martínez Recillas, primero de enero de 2025).
A pesar de que el libro impreso parece estar migrando irremediablemente al ámbito electrónico, que se muestra inmaterial, orientado y ubicuo, ello no implica el desuso de la biblioteca. De ahí que sea necesario reimaginar la biblioteca del futuro como un espacio en donde sea posible nuevamente la apertura ontológica del saber en un ahí localizado, capaz de restituir nuestros modos de estar en el mundo. Construir vínculos con lo leído es posible gracias a la ordenación espaciante. Para la arquitectura, se trata de entender al objeto en relación con la vivencia, esto es, la atmósfera, la luz y el ánimo que un espacio contiene en su relación material y los comportamientos que esto suscita en el lector. Es por ello que es importante recuperar la materialidad del libro en tanto que objeto físico. Vista así, la espacialidad de una colección vive activa y conserva historias.
Se propone el equipamiento ontológico en el diseño de la biblioteca materializándola no sólo como un contenedor de libros, sino como un espacio donde el individuo encuentra orientación, identidad y pertenencia en tanto que organiza experiencias de aprendizaje, lectura, investigación y descubrimiento. La biblioteca equipada ontológicamente detona paisajes interiores construidos por memorias colectivas, como da cuenta el documental de Alain Resnais (1956) sobre la Biblioteca Nacional de París, la cual da testimonio en imagen del funcionamiento de las partes de estas máquinas de la memoria que conforman un gran mecanismo de organización del saber.
De hecho, la biblioteca instaura lugares en donde el conocimiento se habita, se comparte y se experimenta. El sentido del espacio entra en relación con el mobiliario, la organización de la luz, el silencio y los espacios de encuentro, de tal suerte que posibilita la orientación la identificación y la reunión con los otros. Así, aprender es una práctica situada y compartida desde la experiencia de habitar la biblioteca (Reed Leal, 2023).
9. Conclusión: el grado cero de la biblioteca por venir
Corredores, salas de lectura y depósitos se convierten en dispositivos de producción de sentido si son capaces de articular la memoria y el aprendizaje, desplegándose en espacios neutros, vacíos, lugares intersticiales y zonas de archivo y encuentro en donde la inscripción del saber cobra significado. La biblioteca como sistema de huellas derridiano se convierte en archi-escritura cuando desestabiliza el libro como origen y copia, la imagen como presencia y ausencia, y el organismo edilicio como voz y escritura. Planta, alzado y grabado registran las huellas cognitivas del uso de estos espacios acumulando capas históricas del saber.
En este sentido, la biblioteca Warburg destaca por su catalogación desde la ley del buen vecino que favorece conexiones imprevistas y lecturas transversales, oponiéndose a los sistemas de clasificaciones disciplinares tradicionales. La convergencia entre afinidades simbólicas y problemas de investigación da lugar real a lo impensado. En esta misma línea, es posible esbozar la biblioteca del futuro como soporte museográfico a la curaduría de la información que cada lector demanda y que tiene la capacidad de representar la información como dimensión física, es decir, materializa la condición digital (Suárez, 2023).
La biblioteca que viene debe considerar en su reequipamiento ontológico una espacialidad delineada en los ejes de alzado, planta y grabado. Estas tres dimensiones, siguiendo a Jacques Derrida (Meyer, 1988) y a Bruno Zevi (1978), nos ayudarán a edificar una imagen arquitectónica del pensamiento sobre los espacios bibliotecarios, donde el saber es inacabado (alzado), la escritura/lectura es un modo habitable (planta) y, finalmente, donde la memoria deja huella fija en la inscripción (grabado). Sabemos que esta conceptualización nunca será una estructura concluida, sino un edificio siempre en proceso, capaz de hospedar a la máquina rizomática (Deleuze y Guattari, 2005) de conexiones impredecibles entre saberes, textos y lectores, ya que:
9.1 El alzado
Muestra la experiencia espacial de lo discontinuo del saber y lo incompleto en una colección (figura 8). Como torre inacabada, nunca llega a su fin, pero es capaz de poner al centro el libro impreso como máquina que permite que el ser pueda acontecer en el lenguaje para refundar el mundo. Ejemplo de esta categoría lo encontramos en el atlas de Aby Warburg cuyo concepto iconográfico de la biblioteca se convierte en topografía visual; como cuando sus 63 paneles muestran la imagen del libro como geografía.
Figura 8: Bilderatlas Mnemosyne. La instalación de los 63 paneles del atlas de Warburg es muestra de que una colección siempre está abierta a asociaciones. Fuente: The Warburg Institute (s/fb).
9.2 La planta
Organiza el espacio desde el suelo. Como lugar de las heterotopías, yuxtapone distintos saberes y visibiliza estratificaciones históricas del conocimiento. Da lugar a la memoria. La planta es un texto en tanto que implica una escritura del tiempo sobre el espacio. Una prueba de esta superposición –espacio temporal– la encontramos en el epidiascopio que se encuentra en la biblioteca de Warburg y que permite el ensamble de imágenes para un estudio comparativo. Aquí el aprendizaje se corporeiza como experiencia significativa según nuestra posición como observadores dentro de la sala (figura 9).
Figura 9: Biblioteca Warburg. Hamburgo, Alemania. Gerhard Langmaack, 1926. La planta circular organiza el espacio bajo la ley del buen vecino y coloca el epidiascopio al centro que permite yuxtaponer y comparar imágenes. Fuente: The Warburg Institute (s/fa).
9.3 El grabado
Fija en la memoria la experiencia del aprendizaje. Inscribe desde una experiencia corporal del espacio, el enigma. En esta escritura, existe un modo de habitar que activa las relaciones con los lectores y los convierte moradas del saber. La arquitectura como práctica de inscripción y de espacialización escapa aquí a toda representación. Siguiendo nuestro último caso de estudio, la biblioteca de Aby Warburg, podemos encontrar estas relaciones enigmáticas con nuestra experiencia corporal en el momento en que comprendemos de manera inteligible y sensible el tetragrama de los cuatro elementos de Isidoro de Sevilla, el cual viene de la huella de la edición impresa de 1472 y que adquiere una nueva presencia como marca de la puerta de la biblioteca.
En su conjunto, estos elementos se muestran como el grado cero de la arquitectónica bibliotecaria por venir. Esto no es un plástico de formas construidas porque la arquitectura nunca ha sido un arte de representación, sino es un acontecimiento espacial (figura 10) que emerge de la tensión entre alzado, planta y grabado. Así, infinitud, límite e inscripción, respectivamente; desafían los espacios de la biblioteca ideal. Un reequipamiento del espacio bibliotecario se abre al acontecer y al devenir, pero, también, da lugar para que la verdad se desoculte desde la manifestación ontológica del libro.
Figura 10: Tetragrama de los cuatro elementos, emblema del Instituto Aby Warburg, tomado de la xilografía impresa de Denatura rerum, de Isidoro de Sevilla (edición impresa de 1472). Inscrito en la puerta de la Biblioteca de Aby Warburg. Este emblema hace visible la huella del habitar derridiano que correlaciona planta y alzado a través de un grabado. Fuente: The Warburg Institute (s/fa).
Desde Borges, hemos visto cómo la búsqueda de sentido en un espacio puede ser laberíntica y la totalización de un saber, babélica. Con Eco, tenemos la certeza de que toda colección exige de nuestra interpretación y que esta lectura nunca puede ser exhaustiva, aunque se tenga el mejor dispositivo de enumeración. Por lo tanto, las bibliotecas siempre requerirán un espacio habitable, con momentos de reposo en donde sea posible aprender, leer, conocer y pensar con un ritmo que responda a la memoria del tiempo humano y no sólo vegetal o mineral. De manera que la arquitectura debe pensarse desde la articulación derridiana que grabe en el espacio lo que no puede una disposición horizontal de una planta ni la jerarquización formal de un alzado. Esto es una archi-escritura del espacio capaz de responder a la fractura ontológica del archivo físico y digital para edificar a un saber vivenciado.
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Pies de página
1 Traducción de los autores. Moneo discurre en las distintas acepciones que ha tenido el término tipo en la teoría e historia de la arquitectura, concluyendo que para comprender la idea de tipo debemos comprender la naturaleza del objeto arquitectónico (1978, p. 44).(Volver al texto)
2 Piénsese en su biblioteca personal que, con más de 50 000 volúmenes, constituía una organización flexible que le permitía un descubrimiento constante. A lo que él llamaba «Biblioteca viva». (Volver al texto)
3 En noviembre de 2009, se le encargó una serie de conferencias, experiencias, exposiciones, lecturas públicas, conciertos, proyecciones, etcétera. (Volver al texto)
4 Rem Koolhaas acuña cuatro nuevas implicaciones de La nueva Babel en los espacios contemporáneos: «torre metropolitana», «esquizofrenia de la vertical», «vacuidad del monumento» y «monumento vacío». Una crítica de una tipología de torre desacreditada (Tallón, 2015). (Volver al texto)
5 La espiral de libros implica una reinterpretación del sistema decimal Dewey, que comprende una colección en su despliegue continuo del 000 al 999. Nunca siendo discontinua. En la Biblioteca de Seattle, la espiral de 6233 estanterías acoge 780,000 libros y tiene la posibilidad de acumular hasta 1,450,000 volúmenes sin necesidad de aumentar el número de estanterías (Koolhaas, 2007, p. 101). (Volver al texto)
6 Es el Barroco el tiempo de la humanidad que pretende crear una gran complejidad espacial debido a la inclusión de nuevos paradigmas –como el concepto del movimiento o el infinito– provenientes de la matemática de Leibniz y la filosofía de Giordano Bruno. Por tanto, para Borges, la arquitectura de este tiempo sugiere tales desplazamientos, continuos, crecientes y en adición que refieren la infinitud de Borromini y Piranesi (Grau, 1999, p. 77). (Volver al texto)
EL VÉRTIGO DE LAS FORMAS EN LOS ESPACIOS DEL SABER:
POR UN REEQUIPAMIENTO ONTOLÓGICO EN LA BIBLIOTECA POR VENIR
Julio Jesús Jiménez Sarabia
Universidad Anáhuac México
julio.jsarabia@anahuac.mx
Carmelina de Jesús Martínez de la Cruz
Universidad Anáhuac México
carmelina.martinez@anahuac.mx
Recibido/Submitted: 12/09/2025 | Aceptado/Accepted: 07/01/2026
DOI: 10.30827/sobre.v12i.34879
Citar como: Jiménez Sarabia, Julio Jesús; Martínez de la Cruz, Carmelina de Jesús. 2026. “El vértigo de las formas en los espacios del saber: por un reequipamiento ontológico en la biblioteca por venir”. SOBRE 12. https://doi.org/10.30827/sobre.v12i.34879
Cite as: Jiménez Sarabia, Julio Jesús; Martínez de la Cruz, Carmelina de Jesús. 2026. “The vertigo of forms within the spaces of knowledge: toward an ontological reconfiguration of the library to come”. SOBRE 12. https://doi.org/10.30827/sobre.v12i.34879