SOBRE
N12
PANORAMA
Breve ensayo sobre la estructura arquitectónico-textual de la biblioteca
2026
Óscar del Castillo Sánchez
Óscar del Castillo Sánchez
Recibido/Submitted: 26/06/2025 | Aceptado/Accepted: 12/01/2026
DOI: 10.30827/sobre.v12i.34295
Citar como: del Castillo Sánchez, Óscar. 2026. “Breve ensayo sobre la estructura arquitectónico-textual de la biblioteca”. SOBRE 12. https://doi.org/10.30827/sobre.v12i.34295
Cite as: del Castillo Sánchez, Óscar. 2026. “A short essay on the architectural-textual structure of the library”. SOBRE 12. https://doi.org/10.30827/sobre.v12i.34295
A SHORT ESSAY ON THE ARCHITECTURAL-TEXTUAL STRUCTURE OF THE LIBRARY
ABSTRACT: This paper conceives the library as a collection of texts, which offer a sort of extract or compendium of the entire Lebenswelt. As such, it shares the structure of the latter and, therefore, its particular striation, the existence of dominant contents and ways of thinking as opposed to marginal ones. The library building, in turn, proposes specific ways of accessing these contents. With them, it can support established currents of thought, but it can also offer an access to culture that incites questioning dominant currents of thought and, thus, the conception of new ways of doing. The architecture of the library, a mediating element between consciousness and knowledge, can thus contribute to a greater o lesser extent, to a renewal of social practices.
KEY WORDS: Lebenswelt, semiosphere, connectivity, dissemination
RESUMEN: El presente escrito concibe la biblioteca como una reunión de textos, los cuales ofrecen una suerte de extracto o compendio de la totalidad de la Lebenswelt. Como tal, comparte la estructura de esta, y por tanto su particular estriación, la existencia de contenidos y formas de pensar dominantes frente a otros marginales. El edificio de la biblioteca, a su vez, propone modos concretos de acceso a esos contenidos. Con ellos, puede respaldar las maneras de pensamiento instituidas; pero puede también ofrecer un acceso a la cultura que incite al cuestionamiento de las corrientes dominantes de pensamiento, y de ese modo, a la concepción de nuevas maneras de hacer. La arquitectura de la biblioteca, elemento mediador entre la conciencia y los saberes, puede así contribuir, poco o mucho, a una renovación de las prácticas sociales.
PALABRAS CLAVE: Lebenswelt, semiosfera, conectividad, diseminación
SECCIÓN PANORAMA
SOBRE N12 01/2026
Una biblioteca consiste, en lo esencial, en una reunión de textos. Ahora bien, en esa reunión, ¿hay algo más que la simple concurrencia de objetos pertenecientes a la clase de entidades llamadas libro? Es de suponer que tales objetos hayan sido juntados con una intención determinada, lo cual imprime una cierta unidad, la de su propósito, a lo que de otro modo sería una simple multitud. Sin embargo, y con independencia de los criterios de su selección, los textos que forman la biblioteca están ligados entre sí por una estructura subyacente, implícita, que los vincula de un modo más o menos laxo. Este cúmulo de textos podría considerarse como un extracto de la totalidad de la cultura, una muestra del tejido cultural del que las diversas áreas de conocimiento encuentran una representación más o menos amplia, más o menos representativa, en las diferentes secciones de la biblioteca. Se podría decir que esta ofrece algo así como una panorámica resumida de la producción cultural de una civilización: del conjunto de las ideas, creencias, valores y saberes que componen aquello que Edmund Husserl denominó Lebenswelt (cf. Husserl, 1991; Husserl, 2006)2, bautizado por Heidegger como plexo epocal3, o como semiosfera por Yuri Lotman (Lotman, 1990; Lotman, 1996)4, términos estos no del todo coincidentes en su significación, aunque más o menos referidos a una misma realidad. La estructura del texto bibliotecario es, entonces, reflejo de la urdimbre del plexo epocal: el tejido de relaciones que conectan entre sí los conceptos e ideas de una cultura lo reproduce, en escala menor, la selección de textos que constituyen la biblioteca.
El nombre que Heidegger dio al conjunto de saberes e ideas que integran una cultura –«plexo»– sugiere la posibilidad de que semejantes materiales se organicen como una red o que, al menos, puedan entenderse como así organizados. Cabe concebir el mundo de la vida como una estructura compuesta por elementos o nodos, y por conexiones entre ellos. Más concretamente, pueden pensarse tales nodos como aquello que Umberto Eco denomina unidades culturales5, esto es, como partículas de significado enlazadas unas con otras de modos específicos a la cultura de que se trate. Como veremos –como demuestran otras reflexiones semejantes–, esta analogía permite comprender mejor algunos aspectos de eso que llamamos cultura.
El plexo epocal no es una estructura homogénea. Como en cualquier red, algunos de sus nodos adoptan una posición central, mientras que otros se organizan en torno suyo a modo de elementos secundarios, o constituyen regiones de conectividad menos acentuada. Tampoco la conectividad internodal es uniforme: antes bien, el plexo presenta áreas más densamente conectadas, así como otras de conectividad más enrarecida, todo ello en estrecha relación con la importancia relativa de los nodos. Un ejemplo de esta diversidad lo da la existencia de campos especializados dentro de una cultura determinada. De hecho, las especialidades podrían considerarse como regiones diferenciadas dentro del plexo, en las que domina una conectividad más densa y que, por otro lado, estarían débilmente conectadas con otros ámbitos del plexo. A quien piense [con] las unidades culturales contenidas en esas regiones le será difícil establecer nexos con unidades externas. No le será imposible, pues al final todo está relacionado con todo dentro de una misma cultura, pero el tránsito entre regiones será siempre menos inmediato que entre conceptos pertenecientes a una especialidad determinada. Semejante estructura privilegia un pensamiento contenido dentro del territorio de cada disciplina, y dificulta las relaciones con unidades exteriores a ella.
El plexo epocal no es, pues, un espacio liso. Al contrario: presenta una fuerte estriación, que favorece el movimiento en determinadas direcciones y lo entorpece en otras. En consecuencia, la navegación por su interior no es nunca del todo libre. Antes bien, tenderá a seguir líneas preferentes, las establecidas por la heterogeneidad del campo. Incluso dentro de cada especialidad, encontramos tendencias privilegiadas, trayectos preferidos de pensamiento frente a otros cuyas unidades culturales no aparecen tan nítidamente definidas, o tan claramente conectadas. Bien puede decirse que la contextura del plexo epocal beneficia determinadas formas de pensar y dificulta otras; que propicia el acceso a ciertos materiales, relacionados entre sí de modos preestablecidos, mientras que otros permanecen alejados de las líneas dominantes de pensamiento; tal vez, aquellos que serían más útiles para resolver los problemas de nuestro tiempo.
No se trata únicamente de que el plexo sea, en esencia, una interpretación limitada de lo abierto6, del cual descubre sólo ciertas dimensiones para dejar ocultas otras, que sólo emergerían con un cambio de epocalidad. Ocurre que, aún dentro de una cultura concreta, algunas de sus posibilidades permanecen implícitas, no reveladas, simplemente porque los caminos intelectuales más transitados las rodean o las evitan. Hay campos enteros de lo abierto que resultan impensables desde una epocalidad determinada, pero muchos de aquellos que sí podrían pensarse permanecen con probabilidad impensados, como islas temáticas, sólo por su alejamiento de las rutas culturales más frecuentadas. A veces, el movimiento de la différance7 puede acabar iluminando esas regiones, o quizás no: la différance no es un movimiento aleatorio; cabe imaginar que su devenir obedece, en gran medida, a las tendencias internas de la Lebenswelt y, por tanto, a las formas de pensar dominantes en una época determinada. En consecuencia, la différance puede tender a alejar el foco, más aún, de esas islas de conocimiento. Acaso las heideggerianas «prácticas reveladoras» tengan mayores posibilidades de acceder a esos territorios; pero su acción es impredecible, tanto en lo que respecta a su contenido como al momento de su actuación –¿quién puede decir cuándo surgirá el gran poeta que conmoverá nuestra epocalidad? Pues pertenece a la esencia de la práctica reveladora la imposibilidad de ser anticipada, adivinada, imaginada, desde la época en curso. Convendría, pues, disponer de estrategias que permitan salirse de los caminos trillados y acceder a esas regiones ignotas.
La biblioteca, reunión de textos que explicitan en alguna medida el plexo epocal, reproduce también, siquiera imperfectamente, las estructuras de la Lebenswelt: sus campos diferenciados, sus estriaciones, su conectividad interna; todo ello permanece con independencia del soporte que reproduzca los contenidos. La biblioteca ofrece, pues, las mismas dificultades que el medio cultural para acceder a los aspectos menos transitados de una epocalidad, pero la estructura bibliotecaria presenta elementos adicionales que condicionan aún más el acceso a esos materiales. Así, la política de adquisiciones ha de seleccionar sólo algunos textos de entre los disponibles, e ignorar otros. De modo quizás más evidente, la propia estructura del edificio condiciona el acceso a los fondos. La arquitectura, como la conectividad del Lichtung8 epocal, favorece ciertos itinerarios entre unidades culturales y dificulta otros. La disposición de los libros en grupos –filosofía, psicología, ciencias sociales…– da cuenta de ello: como en el interior de las especialidades, resulta más fácil transitar de la filosofía a la psicología, o de la escultura a la arquitectura, que desde cualquiera de las disciplinas científicas o artísticas hacia alguno de los campos que, de acuerdo con las convenciones epocales, les son más extraños.
Pensemos a este respecto en un tipo bibliotecario al que se ha recurrido con frecuencia en las últimas décadas: la biblioteca-torre. Semejante disposición ha dado lugar a excelentes realizaciones. La más conocida de ellas es, quizás, la biblioteca Exeter, proyectada y construida por Louis I. Kahn en New Hampshire en 1967-1972 (figuras 1 y 2). Numerosos factores recomiendan esta solución; de ella resulta, en particular, un edificio más compacto y, por ende, más económico en muchos sentidos. También da lugar a una estructura en que los trayectos por su interior son más reducidos y que, por tanto, ofrece, al menos en teoría, un acceso más inmediato a los materiales.
Figura 1: Phillips Exeter Library. Autor: Louis I. Kahn. Año de terminación: 1972. Vista exterior. Procedencia de la imagen: Gunnar Klack (Wikipedia).
Figura 2: Phillips Exeter Library. Planta 2ª y sección axial. Planos dibujados por al autor a partir de Ronner y Jhavery, 1987, p. 297 y Giurgola, 1992, pp. 80-81.
Ahora bien, esta disposición establece, de modo consustancial al esquema, unos cortes en la continuidad de los fondos. Supongamos que los bibliotecarios deciden, como parece lógico ante una estructura así, dedicar cada planta a secciones afines del conocimiento: una contendrá las obras de filosofía y psicología, otra las de sociología y política, otra las de física, química y matemáticas. En tal caso, la forma construida reproducirá la estriación del conocimiento instituida por la cultura. Cada piso estará especializado: la navegación por su interior, dentro de una disciplina o disciplinas afines, resultará mucho más fácil que entre campos diversos, algo que exigirá cambiar de planta; un movimiento en vertical que resulta, en consecuencia, menos inmediato. Los vínculos preestablecidos entre las materias albergadas en un piso determinado son mucho más densos que entre las contenidas en plantas diferentes, como ocurre en los propios campos culturales. La forma arquitectónica reproduce así la contextura del plexo epocal; con ello, contribuye a estabilizar las estructuras del mundo de la vida, dificultando su cuestionamiento, su eventual transformación. Evidentemente, es preciso organizar los fondos de una manera inteligible, pero ese orden supone ya un pre-juicio acerca de cómo acceder a la información. De este modo, el edificio de la biblioteca efectúa una pre-interpretación de los contenidos; con ello, interpone un filtro más entre la conciencia y las potencialidades de la cultura. Una biblioteca constituye algo así como una teoría del conocimiento, del acceso al saber, e incluso del pensar, entendido este como un discurrir entre unidades culturales; comporta interpretaciones determinadas de una cultura, modos de pensamiento, maneras de entender la actividad intelectual. Podríamos decir que hay tantas posibilidades de organizar una biblioteca como concepciones acerca de la realidad, o más bien, como ideas tengamos acerca de cómo acceder a la representación bibliográfica de esa realidad.
Y esa disposición puede condicionar significativamente la tarea investigadora, ya para estimularla, ya para entorpecerla. Espero que se me disculpe por hablar aquí de una experiencia personal. Quien esto escribe visitó, en un momento en que andaba reflexionando sobre este artículo, una biblioteca universitaria instalada en un notable edificio Beaux-arts. La experiencia no tuvo desperdicio. Según se entra en la sala, en posición central, hallamos ante nosotros, ineludible, presidiendo el ámbito con aire policial, un funcionario parapetado tras un voluminoso escritorio. El estrecho pasillo, que no malgasta ni un metro cuadrado en circulaciones innecesarias, sólo permite desplazarse hasta el puesto de lectura. Las mesas, en consonancia con lo anterior, fueron estrictamente alineadas, a distancias cortas pero suficientes. Vitrinas cerradas alojan los volúmenes; aunque transparentes, ofrecen un aspecto disuasorio, que no invita a la lectura, y menos aún a ojear los libros caprichosamente; de hecho, cualquier comportamiento no ya caprichoso, sino fuera del guión, queda excluido por el aire de represión que domina el lugar. La iluminación, eso sí, es magnífica: grandes vidrieras, orientadas a norte, hacen innecesaria cualquier fuente de luz artificial. Toda la sala queda bañada por esta luz fría: 500 lux alcanzan inmisericordes el último rincón del lugar. En un sitio como este, no cabe sino desplazarse con prontitud hacia algún asiento desocupado y permanecer allí, a ser posible inmóvil. El visitante tuvo la impresión de que el arquitecto difícilmente podría haber proyectado un espacio más enemigo de una actividad intelectual libre y fructífera.
Claro es que siempre habrá una tensión entre la arquitectura de la biblioteca, la disposición de los fondos y las actividades investigadoras, o simplemente indagadoras de los usuarios. Esa tensión no tiene por qué ser algo negativo: el orden de los saberes propuesto por la estructura bibliotecaria puede resultar novedoso o sorprendente para el investigador; con ello, puede contribuir a ampliar sus horizontes; pero el orden que la arquitectura confiere a los contenidos tenderá, por su propia condición de orden, por la estriación que impone a las materias, a entorpecer el libre discurrir de la diseminación imaginante; tenderá, por tanto, a reducir las posibilidades de alumbrar regiones nuevas de lo abierto.
La biblioteca contribuye así a consolidar formas de pensamiento, las implícitas en la agrupación de las materias bibliográficas, o aún en su esquema arquitectónico. Otros de sus caracteres cooperan igualmente a ello. La permanencia que, en cuanto entidad construida, caracteriza al edificio bibliotecario, hace difícil cambiar la estructura de los contenidos, y por tanto, adaptar la biblioteca a los devenires de la cultura, a su différance, podríamos decir. El depósito de libros es el órgano con que la biblioteca trata de superar esa limitación: las obras que han quedado más alejadas de la actualidad son recluidas –¿según qué criterio?–, mantenidas lejos de la circulación más inmediata. En las bibliotecas universitarias más antiguas, los fondos directamente accesibles forman sólo una pequeña parte del total. En los sótanos, en edificios anejos, descansan multitud de obras que la différance ha vuelto irrelevantes; pero esta partición estratifica aún más los contenidos. Por otro lado, la arquitectura de la biblioteca fue concebida de acuerdo con una noción de cultura, o de acceso a la cultura, quizá válido en su momento. El edificio construye, con la permanencia del hormigón y el acero, un ideal de cultura que, sin embargo, será prontamente sustituido por otros; pero el edificio será incapaz de seguir esas transformaciones. Fijada su contextura de una vez por todas, favorecerá, pasado el tiempo, modos anacrónicos de pensar, cada vez más alejados del núcleo vivo de la cultura. La condición impresa de los libros contribuye de igual modo a ello. Los tiempos de edición imponen un desfase ineludible entre la realidad, en cambio perpetuo, y los contenidos publicados, algo aún más notorio en el caso de las traducciones. Afortunadamente, la cultura tampoco cambia tan deprisa; aún hay clásicos, obras que mantienen su valor, su capacidad de informar la vida, de servir a la existencia, durante largo tiempo.
Evidentemente, la biblioteca virtual hoy constituida por Internet soslaya muchos de estos problemas. Ofrece un espacio menos estriado, aunque tampoco puede hablarse aquí de un territorio propiamente liso. También dentro del ciberespacio hay trayectos preferentes, determinados por los hipervínculos, que cumplen una función análoga a la realizada por los nexos entre las unidades culturales de la Lebenswelt. Sea como fuere, el pensar diseminado encuentra aquí menos obstáculos. Con la ausencia de un marco físico, desaparecen las restricciones que este, inevitablemente, supone. Ni siquiera hay aquí sistemas de clasificación; la vecindad entre materias queda determinada por criterios menos apriorísticos: la naturaleza de la propia información, el parecer de los productores. Resulta aquí mucho más fácil desplazarse entre áreas de conocimiento y experimentar el efecto heurístico de semejante proceder. Y el desfase entre la actualidad y los materiales bibliográficos desaparece en el ciberespacio: los contenidos siguen de cerca los cambios del mundo de la vida, como una suerte de réplica electrónica de la semiosfera, constantemente actualizada. Su condición de red conexa –como lo indica su propio nombre– repite la estructura semiosférica –o mejor dicho, la del modelo con que intentamos pensarla– de un modo literal; algo que favorece también el vertido de las producciones culturales al formato electrónico. Internet constituye, pues, la explicitación más exacta del plexo epocal de que disponemos. Con lo anterior no se pretende hacer una apología de la web. Se trata únicamente de compararla con la biblioteca tradicional para destacar mejor los caracteres de esta.
Todo proyecto de investigación o de formación personal supone un viaje por el interior de la semiosfera. Dijo Lessing que la verdad se va conquistando lentamente, paulatinamente, y que aún el proceso de esa conquista es más valioso que la propia verdad alcanzada. En el aprender como en el viajar, el trayecto importa más que el destino. Esa conquista de la verdad, esa formación de la conciencia, acontece como un peregrinaje por el mundo de las ideas. En su transcurso, la conciencia va visitando lugares culturales, unos conocidos, otros no; quizás, va creando también otros nuevos o tendiendo lazos entre los ya existentes. A menudo, la imaginación se dejará llevar libremente por las asociaciones entre pensamientos, lo que en ocasiones conducirá al hallazgo inesperado, pero dar un paseo por el interior de una biblioteca es una experiencia similar: ojeamos volúmenes, cuyas referencias nos llevan a otros, y las sucesivas lecturas entran en relación en nuestra conciencia. El caminar de zona en zona, de anaquel en anaquel, ofrece una vivencia no muy distinta de la experimentada por la mente errabunda y su pensar diseminado. El discurrir entre secciones de la biblioteca produce también un efecto collage: provoca un extrañamiento similar al generado por la superposición de piezas en una obra de montaje. Hay, en ello, un potencial heurístico, pues la contigüidad entre materiales muy diversos sugiere asociaciones novedosas, inaccesibles para un pensamiento lógico, atento a las relaciones convencionales entre unidades semiosféricas. La conciencia, ante contenidos diversos, colocados unos junto a otros, buscará las mediaciones que los abarquen y comprendan como una unidad, pero esa es ya una labor intelectual en toda regla, creación de pensamiento y de discurso: una producción alegórica, diseminada, creativa, origen de novedad, invocación del acontecimiento iluminador.
La biblioteca física impone restricciones ausentes con Internet; pese a todo, sigue siendo un instrumento de gran valía para el investigador o para el ciudadano decidido a extender sus horizontes mentales y, con ellos, sus perspectivas y sus posibilidades vitales. Para superar sus limitaciones, la biblioteca debe favorecer la navegación diseminada por sus contenidos. Frente al edificio estratificado, imagen del orden institucional, ofrecerá un espacio liso, sin itinerarios preferentes. Sin embargo, la arquitectura contemporánea no ha prestado demasiada atención al asunto, al parecer.
Las bibliotecas más conocidas de Jacques Herzog y Pierre de Meuron –las de Eberswalde y Cottbus– siguen el modelo de plantas superpuestas; la segunda, de hecho, obedece al tipo de biblioteca-torre. La mediateca de Sendai, obra de Toyo Ito, ofrece una superposición de plataformas concebidas como espacios de circulación libre y fluida; pese a ello, se trata de un edificio de pisos que, en consecuencia, establece discontinuidades entre sus diversas áreas. En cuanto a las bibliotecas de Norman Foster en las universidades de Cranfield y Cambridge, ambas obedecen al tipo de biblioteca-atrio; se trata, por tanto, de estructuras apiladas. En aquella, el atrio aparece en posición central, algo sorprendente, ya que el perímetro acristalado permitía suponer un esquema centrífugo con un núcleo sólido en su interior. En la segunda, el atrio se sitúa a todo lo largo del borde norte del edificio; la parte sur del solar es, entonces, ocupada por el acostumbrado apilamiento de pisos, con los puestos de lectura más cercanos a la fuente de luz natural, y las estanterías más alejadas de ella (figura 3). Sin duda, ambos planteamientos son muy racionales, pero se echa de menos en estas obras una meditación más profunda acerca de lo que significa visitar una biblioteca, del sentido cultural o incluso existencial de su utilización. Álvaro Siza ha diseñado las bibliotecas de la Universidad de Aveiro (figura 4), de la Facultad de Periodismo de Santiago de Compostela (figura 5), y de Viana do Castelo, entre otras. Las dos primeras se basan en el tipo de biblioteca-atrio; en la tercera, las determinaciones del emplazamiento debieron primar sobre otras consideraciones posibles. La de Wiel Arets, para la Universidad de Utrecht, propone una suerte de espacio piranesiano que, aunque dispuesto en diferentes niveles –y, por tanto, proclive a una segmentación temática–, sugiere la idea de biblioteca como laberinto, metáfora de la aventura intelectual como un extraviarse por la selva de los textos (figura 6). Hay aquí, pues, algo de eso que pedimos a la biblioteca.
Figura 3: Biblioteca de la Facultad de Derecho. Universidad de Cambridge. Autor: Norman Foster. Año de terminación: 1995. Vista del atrio interior. Procedencia de la imagen: Autor.
Figura 4: Biblioteca de la Universidad de Aveiro. Autor: Álvaro Siza. Año de terminación: 1995. Vista del interior. Procedencia de la imagen: Autor.
Figura 5: Biblioteca de la Facultad de Periodismo. Universidad de Santiago de Compostela. Autor: Álvaro Siza. Año de terminación: 1999. Vista del interior. Procedencia de la imagen: Autor.
Figura 6: Biblioteca de la Universidad de Utrecht. Autor: Wiel Arets. Año de terminación: 2004. Vista del interior. Procedencia de la imagen: Autor.
Entendámonos: todas estas son arquitecturas excelentes, de un nivel máximo. No obstante, permanecen ajenas a las consideraciones aquí planteadas.
Algo anterior, la Biblioteca Estatal de Berlín, obra de Hans Scharoun completada en 1979, materializa en un edificio el pensamiento formulado por Jean Gebser en su opus magnum, Origen y presente (Gebser, 2011)9. En esta obra, el autor constata un cambio estructural en el espíritu de nuestro tiempo: el paso de una epocalidad que Gebser califica de «perspectívica» a otra de naturaleza «aperspectívica». No cabe entrar aquí en detalles: la primera corresponde a un pensamiento estrechamente positivista y cientifista, el que habría dominado la cultura europea desde Galileo y Newton hasta los comienzos del siglo XX. La segunda, en trance de formación, aspira a alcanzar una Weltanschauung10 más integral y abierta hacia el mundo y hacia la vida. Elemento esencial de la nueva visión: el espacio aperspectívico, que, a diferencia de la espacialidad renacentista, la barroca o la moderna, carece de centros dominantes o de direcciones privilegiadas. Scharoun ya se propuso realizar ese espacio en la Philharmonie de Berlín, algo que logró superlativamente en el vestíbulo de acceso. El propio Gebser lo menciona, en la segunda edición de su libro, como paradigma del nuevo espacio (Gebser, 2011, p. 666). Sin embargo, el planteamiento resulta, con probabilidad, más pertinente en el caso de la Staatsbibliothek: pues aquí, la arquitectura se convierte no ya en imagen de la nueva época, sino que propone, de modo efectivo, un acceso otro a la cultura, una relación verdaderamente aperspectívica con el saber, sin centros, sin estratificación, sin territorialidades11.
Quedan por visitar, claro está, los proyectos bibliotecarios de Rem Koolhaas. En su propuesta para la TGB de París, el lector, recluido en alguna de las –relativamente– pequeñas salas de lectura, queda inmerso, rodeado por todas partes, en el sólido compuesto por el almacén de libros. Aquí, el depósito se extiende hasta abarcar la totalidad de la construcción. No está claro si el acceso a los volúmenes sería libre o mediado, si el visitante podría él mismo pasearse por el interior del enorme almacén, en busca de sus textos, o si habría de solicitarlos al personal de la biblioteca. En el primer caso, la propuesta ofrece una estructura ideal para la navegación diseminada entre los fondos. Las obras, almacenadas en un volumen cúbico, isótropo en las tres direcciones del espacio, constituiría un territorio sin marcas ni direcciones preferentes, por el que desplazarse libremente. Si el acceso a los fondos fuera mediado, no habría nada de esto, claro está. Las anotaciones de Koolhaas en S, M, L, XL hacen temer lo segundo: el autor habla de «partly open storage» (Koolhaas y Mau, 1997, p. 633).
Dos proyectos posteriores del arquitecto holandés parecen considerar una relación más directa entre el lector y el libro. De ahí, surge la idea de biblioteca-rampa, primero propuesta para el campus de Jussieu, también en París, después materializada en la biblioteca de Seattle. La rampa helicoidal continua, sobre la que se disponen estantes y puestos de lectura, resuelve los inconvenientes de la biblioteca-torre estratificada: mantiene las ventajas de la compacidad, pero sin establecer cesuras en el continuo del campo bibliográfico. La resistencia opuesta por la gravedad, que limitaba las relaciones entre plantas/áreas de conocimiento, es aquí mitigada, que no eliminada, por la suave inclinación de los forjados.
Con todo, el acceso irrestricto a los fondos exigiría otra forma, algo así como un plano horizontal único y continuo, de contorno mínimo –circular o cuadrado–, un espacio de isotropía máxima que imponga las menores condiciones tanto a la disposición de los volúmenes como a los trayectos que los visitantes realicen por su interior. Quizás, la biblioteca universitaria proyectada por Ralph Erskine para el campus de Frescati, cerca de Estocolmo (Collymore, 1983, p. 151), se aproxime bastante a ese ideal (figuras 7-10). El arquitecto concibió el edificio como una gran superficie horizontal, homogénea, cuya estructura no prescribe orden alguno a los fondos. El lector pasa sin transición entre secciones; puede, quizás, ir en busca de una obra determinada, pero puede también dejarse llevar por el azar o por la intuición, y emprender itinerarios diseminados, tanto en lo ideal como en lo físico, en que las sucesivas lecturas dan lugar a narraciones insospechadas, a descubrimientos imprevistos, imposibles de realizar en una arquitectura más ordenada. Desde el interior, no percibimos los límites del espacio; sin referencias, navegamos a su través como por un mar informe de textos (figura 10). Perdemos la orientación, acaso para ganar una perspectiva inesperada. La arquitectura invita, así, a transgredir los límites disciplinares, en vez de consolidarlos. El esquema facilita asimismo la reorganización del conocimiento, pues la disposición de las estanterías es casi independiente del orden construido; la colocación de los volúmenes puede así seguir más de cerca los cambios en la Lebenswelt.
La obra de arquitectura no responde jamás a una idea única. Nace siempre como un compromiso entre requerimientos diversos, a menudo contradictorios. No será fácil, pues, encontrar un edificio bibliotecario que responda por completo a las propuestas aquí delineadas, o a cualesquiera otras que se formulen de modo abstracto; pero, dentro de esa dificultad, la biblioteca de Frescati ofrece, de entre las visitadas, el espacio más propicio para una libre navegación entre los saberes. Con probabilidad, el lector tendrá en ella más oportunidades para salirse de los caminos trillados y, quizás, para concebir nuevas prácticas, renovadoras de lo existente.
Figura 7: Biblioteca de la Universidad de Frescati (Estocolmo). Vista desde el norte. Autor: Ralph Erskine. Año de terminación: 1983. Procedencia de la imagen: Autor.
Figura 8: Biblioteca de la Universidad de Frescati (Estocolmo). Planta 5ª. Plano dibujado por el autor a partir de Collymore, 1983, p. 151.
Figura 9: Biblioteca de la Universidad de Frescati (Estocolmo). Sección. Plano dibujado por el autor a partir de Egelius, 1990.
Figura 10: Biblioteca de la Universidad de Frescati (Estocolmo). Vista del interior de la sala de lectura. Procedencia de la imagen: Autor.
Referencias
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Pies de página
1 ¿Cómo, ensayo? ¿En una revista universitaria de investigación? Pues sí. El lector académico echará aquí en falta, cabalmente, la estructura canónica de introducción, desarrollo por epígrafes bien ordenados, con una conclusión que recoja los puntos más importantes del argumento. La claridad de la exposición, la recta inteligencia de las tesis, así lo requiere, más allá de las normas que rigen la publicación académica. Sin embargo, puede haber contenidos a los que semejante estructura les resulte inconveniente. Creo que este es el caso. Este texto defiende la importancia de una lectura diseminada de los materiales culturales, de una disposición de los fondos bibliográficos en forma de espacio liso; todo ello, orientado hacia la deconstrucción de las estriaciones culturales que limitan el pensamiento. Tales ideas reclaman una forma textual conforme: un discurso abierto, sin sujeción a esquemas predefinidos. Esa forma es el ensayo. Emplear aquí una estructura canónica sería tanto como predicar lo contrario de lo que se practica. (Volver al texto)
2 «En la Crisis Husserl contempló el mundo de la vida como el marco universal del empeño humano –incluyendo nuestros empeños científicos. Es el horizonte último de todo logro humano. Como seres conscientes, habitamos permanentemente el mundo de la vida; nos es pre-dado con anterioridad a la experiencia como una unidad. El mundo de la vida es la estructura general que permite que la objetividad y la coseidad emerjan en diferentes modos del que lo hacen en diferentes culturas» (Moran, 2000, p. 182). Traducción propia. El autor se refiere a la última obra de Husserl publicada en vida, La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental (Husserl, 1991). Incluyo aquí la definición de Moran por expresar la idea del modo más sucinto. (Volver al texto)
3 Heidegger desarrolla esta idea principalmente en Ser y tiempo, si bien en ningún momento da nada parecido a una definición. El filósofo dice, por ejemplo, que «El ‘andar’ con un útil se somete al plexo de referencia del ‘para’» (Heidegger, 2010, p.83), esto es: toda relación con los objetos útiles tiene lugar en el seno de un plexo de referencia en el que este útil cobra significado humano. Quizás la noción de mundo, tal y como la emplea Heidegger en la misma obra, resulte más aclaradora: «El mundo no es él mismo un ente intramundano, y sin embargo determina los entes intramundanos hasta el punto de que éstos sólo pueden hacer frente, y los entes descubiertos mostrarse en su ser, en la medida en que hay mundo» (Heidegger, 2010, p. 86). Las versiones inglesas de Ser y tiempo traducen la palabra «plexo» –«Zeugzusammenhang»– de un modo menos poético, pero más descriptivo: «totality of involvements», es decir, «totalidad de implicaciones». (Volver al texto)
4 «No existen por sí solos en forma aislada sistemas precisos y fundamentalmente unívocos que funcionan realmente […] Sólo funcionan estando sumergidos en un continuum semiótico, completamente ocupado por formaciones semióticas de diversos tipos y que se hallan en diversos niveles de organización. A este continuum, por analogía con el concepto de biosfera introducido por V. I. Vernadski, lo llamamos semiosfera […] Sólo dentro de tal espacio resultan posibles la realización de los procesos comunicativos y la producción de nueva información […] Se puede considerar el universo semiótico como un conjunto de distintos textos y lenguajes […] La semiosfera es el espacio semiótico fuera del cual es imposible la existencia misma de la semiosis» (Lotman, 1996, pp. 22-24). (Volver al texto)
5 «En todas las culturas, una unidad cultural es simplemente algo que esa cultura ha definido como unidad distinta de otras […] Se pueden considerar como unidades semánticas aquellas porciones de contenido transmitidas habitualmente por expresiones ya hechas, locuciones que una lengua nos consigna ya confeccionadas» (Eco, 2000, p. 112). (Volver al texto)
6 Para Rainer Maria Rilke, lo abierto representa lo contrario del mundo interpretado –otra manera de entender aquello a lo que aluden los términos Lebenswelt o Lichtung epocal. «El mundo interpretado es aquella porción de mundo que el hombre, mediante un proceso explicativo, ha incorporado al círculo de las relaciones vitales que le son familiares. Es el mundo que puede ser abarcado y dominado en virtud de nuestra capacidad de interpretación» (Bollnow, 1963, p. 53). Cursivas en el original. Lo abierto constituye entonces la realidad anterior a cualquier proceso interpretador, al establecimiento de una cultura: «Lo abierto es el espacio de la vida expuesta, todavía no protegida» (ídem, p. 257). Lo abierto y el mundo interpretado encuentran su eco en las ideas heideggerianas de Tierra y Mundo, tal como aparecen en El origen de la obra de arte (Heidegger, 1992). (Volver al texto)
7 Tampoco es este un término del que pueda darse una definición sencilla, ni que Derrida explique de modo explícito: «Está claro que esto no puede ser expuesto. Nunca se puede exponer más que lo que en un momento determinado puede hacerse presente, manifiesto, lo que se puede mostrar, presentarse como algo presente, algo presente en su verdad, la verdad de un presente, o la presencia del presente. Ahora bien, si la diferencia [différance] es (pongo el ‘es’ bajo una tachadura) lo que hace posible la presentación del presente, ella no se presenta nunca como tal» (Derrida, 1994, p. 41). Énfasis mío. La différance, o diferencia, es lo que hace posible la presentación del presente; se asemeja así a las nociones de Lebenswelt y de plexo, pero con importantes matices. Uno de ellos radica en el continuo devenir en que se encuentran sus materiales, que cambian de significación insensible, pero constantemente. Sería ese movimiento el que vuelve anticuados ciertos saberes, o los aleja del foco de la atención contemporánea. (Volver al texto)
8 Heidegger no ofrece tampoco una definición clara de este término; es más, allí donde lo desarrolla con mayor atención, comienza por advertir: «Renunciamos a una definición. Tal vez una definición sea justamente lo más alejado de una percepción de la esencia» (Heidegger, 2007, p. 71). Énfasis en el original. A modo de aclaración, pueden mencionarse las analogías observadas por Hubert L. Dreyfus entre el concepto heideggeriano de Lichtung y las ideas de paradigma –«logros científicos universalmente aceptados que durante algún tiempo suministran modelos de problemas y soluciones a una comunidad» (Kuhn, 2006, p. 50)– o mundo en Thomas S. Kuhn, «la entera constelación de creencias, valores, técnicas, etc. compartidos por los miembros de una comunidad» (Dreyfus, 1995, p. 90). Traducción propia. El mismo Dreyfus emplea el vocablo Lichtung como sinónimo de plexo. Dicho sea sin olvidar que, de todas estas nociones, no sólo resulta difícil dar una definición breve y unívoca: esta es, como observa Heidegger, lo más alejado a una percepción de la esencia. (Volver al texto)
9 Sobre la relevancia del pensamiento de Gebser para estas obras de Scharoun (cf. Jones, 2000, p. 163). (Volver al texto)
10 Término característico del pensamiento de Wilhelm Dilthey. Significa literalmente visión –o concepción– del mundo (cf. Dilthey, 1974). (Volver al texto)
11 Según Edgar Wisniewski, arquitecto colaborador de Scharoun y encargado de la terminación de la biblioteca tras la muerte de este, el autor intentó conseguir un espacio diáfano que proporcionase una «visión de conjunto de las disciplinas y un máximo de comunicación» (Pfankuch, 1974, p. 348), en una «estructura de la sala de lectura con iguales derechos […], asemejándose a un paisaje» (idem, p. 352). Traducción propia. (Volver al texto)
BREVE ENSAYO SOBRE LA ESTRUCTURA
ARQUITECTÓNICO-TEXTUAL DE LA BIBLIOTECA
Óscar del Castillo Sánchez
Recibido/Submitted: 26/06/2025 | Aceptado/Accepted: 12/01/2026
DOI: 10.30827/sobre.v12i.34295
Citar como: del Castillo Sánchez, Óscar. 2026. “Breve ensayo sobre la estructura arquitectónico-textual de la biblioteca”. SOBRE 12. https://doi.org/10.30827/sobre.v12i.34295
Cite as: del Castillo Sánchez, Óscar. 2026. “A short essay on the architectural-textual structure of the library”. SOBRE 12. https://doi.org/10.30827/sobre.v12i.34295