SOBRE

N12

ESTUDIO

Bibliotecas de humedad, luz y calor

2026

BIBLIOTECAS DE HUMEDAD, LUZ Y CALOR

Hacia una cosmopolítica performativa de las tecnologías del resguardo de la memoria

Nicolás Pradilla

SECCIÓN ESTUDIO
SOBRE N12 01/2026

 1. Introducción: los otros posibles de las lógicas de resguardo

Desde hace algunos años, entre los enfoques posthumanistas, ha emergido con distintos tonos una atención a las lógicas de inscripción: las aproximaciones simpoieticas de coescrituras de Donna J. Haraway (2019), la epistemología etológica de Vinciane Despret (2022a; 2022b) –ambas influenciadas por la ficción especulativa de Ursula K. Le Guin–, la perspectiva pluriversal de Marisol de la Cadena y Mario Blaser (2018), o la antropología semiótica de Eduardo Kohn (2021) apuntan en ese sentido. Pensar en la inscripción y el texto como tejido es pensar en tecnologías de resguardo de la memoria de los pueblos, en la transmisión de conocimiento, en la comunicación y en el arte. Implica asimismo pensar en cómo se configuran estas tecnologías y qué imágenes del mundo cargan consigo. Aquí me propongo jalar de este hilo para pensar en archivos, repositorios y bibliotecas, pero sobre todo pensar en sus artífices. El propósito es compartir algunas inquietudes que considero que se hacen aún más urgentes en un momento en el que nos enfrentamos a un nuevo ciclo de cercamientos con las inteligencias artificiales generativas como compendios definitivos del conocimiento humano deslocalizado. 

En el vasto territorio que hoy conocemos como América, desde finales del siglo XV se ha instaurado una lógica de borramiento de modos de vida y formas de conocer. La doble fractura colonial y ecosistémica de la modernidad a la que alude Malcolm Ferdinand (2022, p. 2) cuando nos recuerda que el colapso ambiental no impacta de igual modo a quienes habitan en el mundo da cuenta de su articulación. Para Ferdinand es necesario habilitar, hacer visibles los nudos que atan el colapso colonial y el colapso ecosistémico como un enfoque que busca resarcir aquellos conocimientos ignorados de pueblos históricamente borrados (2022, p. 12), sobre los modos de inscripción urdidos en la colaboración entre pueblos humanos y más que humanos. Esto nos exige localizar esas articulaciones en un lugar específico y cavar en aquellas capas sedimentarias que ocultan sus relaciones.

Como Samir Boumediene (2024) ha relatado a profundidad, las «maneras de vivir» conformadas por el arraigo territorial, la transmisión intergeneracional de conocimientos y las formas propias de interacción y uso de plantas medicinales, fueron borradas por la colonización al ser incorporadas a un mercado global emergente a partir del siglo XVI. En este tránsito, «el saber-hacer de las plantas se va desplazando y transformando gradualmente» (p. 39) hacia las metrópolis coloniales, perdiendo su multidimensionalidad y diluyéndose bajo una lógica transaccional. Estas maneras de vivir ejemplificadas por Boumediene en relación con las plantas, no obstante, no se limitan a los vínculos vegetales, sino que se extienden –como sigue ocurriendo más allá de los entornos urbanos en gran parte del mundo– hacia lo animal, los hongos, ríos y montañas como afectos urdidos entre lengua y territorio bajo tradiciones mnemónicas de resguardo y transmisión de conocimiento (Aguilar, 2017), mas no solamente. 

La interrogante que este «no solamente» plantea es la que me interesa compartir aquí. Allende los modos de resguardo noroccidentales signados por la tradición escrita y las tradiciones orales, hay alfabetidades acompasadas con el arraigo territorial y las relaciones más que humanas que también han sido, en gran medida, borradas por la reiteración de la doble fractura de la modernidad. Estas son, en gran medida, las capacidades de lectura de las inscripciones de otres en el territorio, pero también la apertura sensible a las coescrituras posibles, a los entramados sígnicos implícitos en el locus de la agentividad de quienes habitan y habilitan un mismo entorno relevante (Kohn, 2021, p. 105).


 2. La biblioteca de los pececillos de plata

Mientras reviso índices en busca de «Desembalo mi biblioteca» de Walter Benjamin, veo de reojo cómo huye detrás de otros libros del estante un pececillo de plata (Lepisma saccharina). En el texto, Benjamin plantea: «De todas las formas de adquirir libros se considera la más gloriosa el escribirlos uno mismo» (2013, p. 89), para luego contarnos acerca de Wuz y la biblioteca que edificó escribiendo todas aquellas obras de títulos que consideraba relevantes, mas no podía comprar. Pero ya es demasiado tarde; el pececillo de plata ha robado toda mi atención y me pierdo en pensamientos acerca de su propio acto de escritura y la biblioteca que posiblemente conforma, un gesto tal vez poco glorioso ante nuestros ojos.

Los pececillos de plata son reconocidos bibliófagos cosmopolitas. El tamaño de estos artrópodos terrestres ronda los 10 mm; se alimentan principalmente de moho, cartón, papel y almidones o polisacáridos que suelen encontrar en el papel y las gomas con las que se encuadernan los libros. Estos escurridizos fotófobos también son afectos a la gelatina de las impresiones fotográficas. Su sistema digestivo posee enzimas que les permiten procesar la celulosa (Lasker, 1957). Junto con las polillas y las termitas, suelen ser visitantes non gratos en bibliotecas y archivos humanos de cualquier rincón del mundo. De hecho, mucha de la bibliografía disponible acerca de esta especie está destinada a su control y exterminio. 

Me pregunto qué formas de inscripción son habituales entre los pececillos de plata; qué tipo de relatos subyacen a su cotidianidad y qué géneros atesoran en las bibliotecas que escriben. Sus prácticas de inscripción son, tal vez, una suerte de insurgencia de la memoria. Escriben sus propias bibliotecas mientras van borrando muy lentamente las nuestras. Y, a fin de cuentas, ¿no es eso lo que el excepcionalismo humano eurocentrado ha hecho con tantas formas de vida y sus técnicas de resguardo de la memoria, de modos mucho más violentos? ¿Borrar las inscripciones de mundo de otres para subrayar las propias?

Escribo, aludiendo a Benjamin, como un lector que busca abonar a inscribir relatos que hacen falta en la biblioteca. Escribo también como editor: como alguien que ha querido compartir miradas con otres y, en ese sentido, ha contribuido a sembrar ciertas imágenes, ciertas formas. Pienso, en ese sentido, en los borramientos y en las ópticas que los instauran. En la introducción a Maneras de estar vivo, Baptiste Morizot coloca una imagen aterradora y hermosa a la vez que insiste en aquello que no somos capaces de mirar, pese a estar ahí. Narra la llegada de un grupo de turistas que se detiene a hacerse selfies en un paraje de montaña fotografiable –el cual curiosamente también es un corredor biológico fundamental–. Estos visitantes no ponen ninguna atención a las miles de aves que cruzan por ese punto de la cataluña francesa a finales del verano: «No se han dado cuenta de que estaban a mitad de algo que es como el puerto más vivo, más cosmopolita, más abigarrado del Mediterráneo, donde un sinfín de pueblos parte rumbo a África» (2021, p. 16). La escritura es un dispositivo que permite hacer visibles ciertas tramas, forma parte de una política de la atención que devela otros textos. Aquí, junto con Vinciane Despret, me pregunto acerca de qué dispositivos de atención son posibles y así, tal vez, contribuir a desviar la mirada e imaginar las formas que pueden tener las bibliotecas si las pensamos junto con otres y, de este modo, propiciamos unas promesas dignas de futuros de la vida toda. Entonces, considero que tenemos entre manos esforzarnos por reconocer esas otras formas de escritura que muy probablemente también conforman bibliotecas, archivos o repositorios como aquellos que se esconden detrás del estante de libros que tengo enfrente, y entre sus páginas. 


 3. Aquello que ya no alcanzamos a ver

El persistente borramiento efectuado por el imaginario moderno-colonial industrial arrasa e instrumentaliza las formas de existencia en casi todos los rincones del planeta sobre una sola idea: la acumulación como un analgésico ante los regímenes de escasez que el capitalismo produce como imagen. El imaginario de la acumulación implica el borramiento de pueblos enteros y su memoria inscrita territorialmente: esas bibliotecas, esos archivos vivos que son los bosques, los manglares, los meandros de ríos y arroyos; como también los campos, los sistemas agroforestales y las milpas. En México y Centroamérica, éstas últimas también se han borrado de a poco junto con todas sus formas asociadas de vivir y conocer, por obra de ese dispositivo civilizatorio que es el horizonte de la rentabilidad financiera.

La inscripción y el borramiento también se coreografían en la conformación de un archivo, de una biblioteca, de unas ciertas concepciones del mundo. La delimitación de lo visible implícita en conformar un acervo o una colección representa, a su vez, el borramiento de otros posibles por la vía de privilegiar ciertos criterios de valoración (Pradilla, 2024, p. 2). Elegir, por ejemplo, un corpus literario determinado, efectúa un recorte sobre el campo de estudio y sobre las imágenes del mundo que éste propone. Así mismo, elegir al fresno (Fraxinus uhdei) como la única especie destinada a la reforestación en una urbe como la Ciudad de México, acierta en recurrir a una especie nativa; sin embargo, emborrona la posibilidad de tener una mayor diversidad de especies –también endémicas– que promoverían una mayor proliferación de diversidad de hongos, insectos o aves y limitaría los efectos alérgicos producto de la dispersión excesiva de su polen (Calderón Ezquerro, 2012). Hacer visible algo, atribuyéndole características únicas o ideales, desplaza y transforma gradualmente a otras vidas y sus sentidos. Les vuelve borrosos, ininteligibles e incluso invisibles. Dichos criterios conforman una óptica, una forma de ver determinada y, al mismo tiempo, un nosotres de la memoria y sus formas de resguardo. La óptica nos conforma subjetivamente a la vez que transforma al territorio. Al delimitar lo visible, los archivos, las bibliotecas o colecciones participan de un ordenamiento que, como sugiere Boumediene acerca de la óptica colonial que se posa sobre las plantas, pasa por una «uniformización» de los modos de relaciones socionaturales existentes y reduce los propios esquemas de comprensión del mundo (2024, pp. 71-72).

Sin soslayar el indiscutible valor que tienen las bibliotecas y repositorios humanos, habrá que reconocer también que la óptica noroccidental que les suele guiar tiende a empobrecer el entorno, los lazos sociales, las formas de conocer y de vivir que se vinculan a un lugar concreto. Estas conexiones son reemplazadas la mayoría de las veces por conocimientos deslocalizados, desarraigados, desvinculados de las relaciones que conforman el territorio. Así, por ejemplo, la Biblioteca Nacional de España, la Biblioteca Forestal de la Comisión Nacional Forestal en México, o incluso las colecciones vivas de prácticamente cualquier jardín botánico en el mundo, suelen aludir a enfoques universalistas o, en todo caso, regionales o compartimentalizados por tipos de ecosistemas, pero no desde el lugar en que se localizan y en diálogo estrecho con éste. Si bien hay excepciones notables y los jardines botánicos en gran parte del mundo en los últimos años han girado hacia enfoques etnobiológicos que tratan de resarcir su origen colonial mediante anclajes territoriales con perspectivas bioculturales (Boege, 2008; Toledo y Barrera-Bassols, 2008), persisten ciertas inercias de una mirada antropocéntrica basada en lógicas de aprovechamiento. 

Uno de los aportes del enfoque biocultural ha sido el énfasis en la memoria genética, lingüística y cognitiva humanas y la forma en que, como plantean Toledo y Barrera-Bassols, se entrevera con los saberes agroecológicos y persiste en ellos frente a la amnesia de los sistemas agroindustriales (2008, p. 14). Esta memoria subyace, por ejemplo, en las transformaciones históricas del paisaje reconocibles en sistemas agroforestales complejos como los T’elom o Kuojtakiloyan, en la Huasteca y la Sierra Norte en México (Moreno Calles et al., 2016), por nombrar apenas un par entre los cientos existentes alrededor del mundo. Estos sistemas de policultivo coconstituyen el paisaje siguiendo las enseñanzas de la sucesión forestal. Fomentan el crecimiento y la conservación del bosque mientras atienden a las necesidades humanas y más-que-humanas de alimento y resguardo. Consisten en tecnologías de intervención antrópica que, no obstante, parten de leer el territorio y su entramado relacional, de performarlo como un archivo asociado a un repertorio vivo (Taylor, 2015, p. 10) y multiespecífico.

Pienso en los sistemas de policultivo complejos mientras me encuentro un libro que hace algún tiempo no he sacado del estante y presenta una capa de polvo y un pequeño agujero circular en el lomo. Probablemente hay por ahí en algún sitio una carcoma (Anobium punctatum) escondida. Me parece haber visto pequeños bichos voladores parecidos a escarabajos de caparazón duro cerca de la cama. Entre los estantes revolotean polillas de la ropa (Tineola bisselliella) que durante el último año han proliferado en mi departamento y aún no consigo reconocer los lugares donde anidan. Me pregunto cuántos otros seres que ni siquiera alcanzo a ver habitan junto con el pececillo de plata estos recovecos. ¿Cómo se traslapan sus escrituras? ¿Qué diálogos y qué conflictos habrá entre sí? ¿Cómo narran y resguardan la memoria de sus pueblos? ¿Qué tipo de archivos performan?


 4. Disputar lo borrado, la biblioteca como dispositivo de atención

Hay algo que subrayar acerca del debate sobre la memoria y su resguardo, sobre el archivo que, más que un conjunto de documentos es una estructura de poder y deseo que configura lo que puede ser conservado, recordado y transmitido, como dirá Derrida (1997, p. 11). Para Ariella Azoulay, en el archivo buscamos aquello que hemos depositado ahí (2014, p. 14). El archivo es una cuestión del porvenir, del futuro –dice Derrida–, una promesa y una responsabilidad para el mañana (1997, p. 44). Aquello que valoramos y atesoramos en nuestros acervos de la memoria es lo que construye los sentidos del futuro –lo que hemos depositado ahí. Lo que considero importante destacar aquí es el recorte y el borramiento como contraparte. Azoulay ha dedicado muchos años al archivo fotográfico y a su capacidad de permitir una «historia potencial». En aquellos documentos que escapan al escrutinio celoso del poder existe la posibilidad de tejer una contrahistoria, si se les presta atención. Así, el archivo fotográfico le permite debatir la posición oficial del Estado de Israel sobre la expulsión palestina en 1948. A diferencia de los informes, actas, cartas u otros documentos oficiales que suelen clasificarse por décadas y así retirarlos del escrutinio, los archivos fotográficos se guardan con menos recelo. Azoulay ha accedido a una gran cantidad de imágenes con las cuales urde una historia a contrapelo de la Nakba. Estas imágenes configuran una archivo civil de carácter colectivo, un repositorio cuyos límites no están definidos, que no está cerrado a nuevas incorporaciones y cuyo lugar de enunciación se encuentra en los márgenes del ejercicio del poder. 

La propuesta de una historia potencial de Azoulay nos convoca en dos sentidos: por un lado, urge a conformar repositorios, archivos, bibliotecas civiles que abran espacios para pensar en otras formas de estar en el mundo, formas que escapen a la monocultura de la acumulación y permitan la reexistencia de entramados del vivir y el conocer arraigados que trasciendan el narcisismo antropocéntrico. Por otro, nos llama a preguntarnos cuáles son esos sentidos del futuro y las formas de estar en el mundo que convocan y con quiénes las sostenemos. Considero que urdir historias a contrapelo –también en sentido benjaminiano– del colapso socioecológico exige generar repositorios civiles que disputen los recortes de mundo del mandato productivo y la acumulación. Si los pensamos más allá de lo humano, esos repositorios civiles, en su plasticidad, son repertorios –en el sentido trazado por Diana Taylor– que performamos junto con otres (2015, p. 10), con quienes podemos aprender si ponemos atención; si construimos dispositivos que vuelvan perceptibles cosas que hasta entonces no se notaban y hagan emerger las diferencias. Atender a lo que importa para otres (Despret, 2022b, p. 43). En ese sentido, el horizonte de lo civil tiene un carácter cosmopolítico. (Stengers, 2014; De la Cadena y Blasser, 2018) Como tal –nos recuerda Isabelle Stengers–, sólo puede cobrar sentido en situaciones concretas (2014, p. 17), en articulaciones específicas.


 5. Lecturas potenciales de los pececillos de plata

En 1974, Ursula K. Le Guin nos sembró una imagen: la de la teroliteratura. En «La autoría de las semillas de acacia» (2021, pp. 629-637), trazó una ruta especulativa hacia la inscripción más que humana al describir la poesía feromónica de una hormiga perdida en un hormiguero ajeno. También apuntó a la poesía cinética y silenciosa de los pingüinos emperador e insinuó las rutas de un arte receptivo vegetal. Le Guin abrió una puerta que, en gran medida, marca el camino tanto para Despret como para Donna J. Haraway, quienes se han comprometido con una escritura especulativa que descentra la mirada de aquello que solemos ver, de eso a lo que le ponemos atención. Y al hacerlo, la localiza. Así, nos lanzan la provocación de pensar en geoescrituras, en la escritura micorrízica o en las lecturas arvenses. El arte de los pingüinos emperador que describe Le Guin como un ejemplo de este descentramiento es uno casi inmovil que tiene lugar mientras sostienen un huevo sobre sus patas en medio de la penumbra ventosa de la Antártida: «El rizado de una pluma; el desplazamiento de un ala; el contacto, el leve, débil, cálido contacto del que está a tu lado. En la indecible, miserable, negra soledad, la afirmación. En ausencia, presencia. En la muerte, la vida» (2021, p. 634). En este acto de afirmación, los emperadores no pueden verse unos a otros, sólo sentir el calor del otro. Esa es su forma de poesía, su inscripción y compromiso de construcción de una memoria singular que sólo es posible en compañía de otres.

La definición y práctica de la terolingüística, que a partir de Le Guin nos ofrece Despret, «se consagra a estudiar y traducir la producción escrita de los animales (y ulteriormente de las plantas). Ya sea bajo la forma literaria de la novela, de la poesía, de la epopeya, del panfleto o incluso del archivo» (2022a, p. 26). El archivo imbricado con las tecnologías de inscripción, con el texto, un tejido o construcción, a fin de cuentas, una obra entreverada. Despret también alude a una teroarquitectura que implica «no sólo el estudio de los hábitats, sino también el de las más diversas infraestructuras creadas por los animales (caminos, galerías, señaléticas, monumentos, corredores migratorios, etc.), y se interesará muy particularmente por las dimensiones artísticas, simbólicas y expresivas de estos artefactos» (2022a, p. 26). Así, desde su perspectiva, archivo, texto y dimensión simbólica, se imbrican. ¿Y qué más es, si no, una biblioteca? ¿No es acaso el soporte de resguardo de unas ciertas formas de la memoria para compartir con otres en el presente y proyectar también hacia el futuro? Una promesa de futuro. Son formas de inscripción que pueden ser leídas y así, reconocer qué es lo que importa para otres. Y hay quienes las leen y establecen vínculos que no siempre son amistosos. También podemos leerlas nosotres, si ponemos atención.

En clave especulativa, en «Archivo n. 324 (fondos de la asociación Ciencias Cosmofónicas y Paralingüísticas). Extracto del acta de la reunión de creación de una nueva asociación distinta e independiente de la Asociación de Terolingüística», Despret atribuye a las arañas la verdadera maternidad del archivo, «la metodología por excelencia de las ciencias históricas» (2022a, p. 29). Argumenta que «Fueron ellas las primeras en desarrollar una tecnología de conservación de los acontecimientos, puesto que las telarañas son, antes que trampas, una cuestión arquitectónica o territorial; constituyen la memoria material y externalizada de las conductas, técnicas y estilos, son sedosas cartografías de recuerdos en incesante evolución» (2022a, p. 29). La imagen de los túneles de la carcoma a través del tomo II de Los indios de México, de Fernando Benítez, que conservo desde la adolescencia me hacen pensar en estas tecnologías de la memoria material de unos modos de vida, el trazo de un acontecimiento. Así mismo las más desgarbadas y furtivas escrituras de los pececillos de plata parecen aludir a otras tradiciones, otros sistemas de valoración, otros sentidos estéticos y otras relaciones ecosistémicas.

¿Qué es lo que leemos? La memoria material y externalizada de nuestras conductas, técnicas y estilos se despliega, evidentemente, más allá de los libros e instituciones de resguardo. Está en cada rincón del mundo, en nuestros bolsillos, en nuestros relatos y en las relaciones que establecemos. ¿De qué relatos y de qué relaciones estamos hablando? En un manifiesto contra aquello a lo que el estado canadiense llama educación indígena, Leanne Betasamosake Simpson (2022) apela a las formas de resguardo propias del pueblo Ojibwe en la región de los grandes lagos de la llamada Norteamérica, para quienes la educación ocurre fuera de las aulas, los sistemas de financiamiento, los reportes y la ocupación territorial implícitas en los sistemas escolarizados. Con tal propósito, narra la historia de Kwezens, una niña ojibwe que, al observar a las ardillas, aprende de ellas la técnica de recolección de la savia con la que se hace la miel de maple. A su vez, Kwezens aprende de su madre cómo cocinar carne de venado con la savia recolectada y a reducirla al fuego para hacer azúcar. Como Simpson nos recuerda, para una gran mayoría de pueblos fuera del paradigma noroccidental, los procesos de aprendizaje están enclavados en la relación estrecha con el territorio, con los ancestros y los relatos que les unen bajo una ética del amor y el cuidado; es un proceso constante de llegar a conocer en núcleos de relacionalidad (2022, p. 12, p. 14). La teoría es una relación encarnada e inscrita territorialmente a partir de vínculos literales, conceptuales y metafóricos. En ese sentido, el territorio no es sólo una relación espacial, sino material, afectiva y epistémica que es performada constantemente por un concierto de sí-mismos (Kohn, 2021). El territorio es un proceso constante de inscripción. Es el archivo y el repertorio de su propia reproducción (Pradilla, 2024).

Pareciera que esa relación estrecha con el territorio y sus maneras diversas de estar vivo es sólo posible en el contexto rural o del bosque, mas, como la misma Simpson plantea cuando alerta que la historia de Kwezens no ocurrió en el pasado, sino que se activa y ocurre cada primavera, habrá que pensar en quienes son aquellos otres de quienes podemos aprender en los entornos hiperantropizados de las urbes latinoamericanas. Como Morizot alerta acerca del problema de disputar el binario moderno-colonial que mantiene separadas a naturaleza y cultura, es necesario «salir de la oposición entre las dos» (Morizot, 2021, p. 27) escapando a la tentación de sostener la separación desde su antagonismo, pues reitera la supresión de agencia política de lo más que humano. En ese sentido habrá que disputar también el marco de aquello a lo que llamamos «cultura». La separación entre la civilización de la urbe y lo salvaje de la «naturaleza» impide salir del problema implícito en su oposición. Habrá que andar en caminos sinuosos o, mejor dicho, en mundos sinuosos. En ese sentido, la máxima neozapatista «Un mundo donde quepan muchos mundos» subraya el carácter indisociablemente político de atender a otros modos de inscripción y otros modos de estar en el mundo –apunta a un diálogo de vivires, como propone Juliana Merçon (2014) para subrayar el carácter ontoepistémico de una apuesta pluriversal. Más que diversos marcos culturales asociados a una sola naturaleza, muchas naturalezas, muchos mundos de entramados complejos, de acuerdo con Eduardo Viveiros de Castro (2010, pp. 52-53). Las ciudades son, bajo este enfoque, otras naturalezas, otros mundos poblados de distintas maneras de vivirlos, de muchos mundos. Y, a cada uno de estos, corresponden distintos modos de resguardo de la memoria, distintos estilos poéticos y afecciones artísticas anudados, aunque no podamos por ahora reconocerlos. –¿Qué tipo de bibliotecas escribirán los pececillos de plata?, me pregunto de nuevo mientras imagino que tan solo en el estante donde se apoyan mis libros probablemente hay al menos una decena de repositorios que ni siquiera alcanzo a ver y de los cuales, el de los pececillos de plata es sólo uno. ¿Qué es lo que será importante para estos seres que buscan recovecos húmedos a donde no llega la luz?


 6. Conclusión: abrazar la humedad, la luz y el calor

Hay una tensión constante entre los productos humanos que buscan perdurar y conservar y la vida, que es cambio, transformación y también muerte en ciclos sucesionales. Las bibliotecas, archivos y colecciones noroccidentales tienen a la luz, la humedad y el calor como enemigos comunes. Irónicamente, son las cualidades necesarias para la proliferación de la vida en el planeta, los elementos que permiten que los procesos bióticos se activen. Si consideramos lo anterior, la preservación de la memoria humana se ha basado en la supresión de las condiciones de reproducción del mundo. Esto me lleva a preguntarme, junto con los pececillos de plata, cómo serían unas formas de resguardo que sean posibles en las condiciones de humedad y penumbra de las que gustan.

Imagino repositorios que son, a su vez, alimento; heces que aportan nutrientes a otres; capas sedimentarias de compostas de celulosa que permiten que ciertos microorganismos afloren y algunos hongos se reproduzcan. El inicio constante de ciclos entre libros compostables que ya han sido leídos, que platicamos mientras generamos condiciones agradables para los microorganismos del suelo.

Necesitamos una dimensión afectiva y relacional del resguardo, del archivo, de las bibliotecas y de los modos en que las performamos. Unas formas de resguardo que ponderen la atención a otras maneras de estar vivos y debatan el narcisismo antropocéntrico. Necesitamos recuperar esos repositorios civiles cosmopolíticos que, como los jardines forestales, disputan el cercamiento sobre los modos de conocimiento y la autoría como recurso privativo, y que sean escritos de manera cotidiana por la diversidad de agentes que pueblan cada microcuenca en las distintas escalas y mundos que las conforman. Ahí probablemente caben libros, palabras y memoria; hongos y semillas; insectos que cavan laboriosamente túneles a través de los cuales podemos ver ciclos de muerte y vida. Un coro de lectores y escritores que, más que borrar las huellas de otres, las nutren y complementan.

Referencias

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Nicolás Pradilla

Doctor en Historia del Arte con Maestría en Estudios Curatoriales (UNAM). Investiga tramas post-antropocéntricas entre estética y política, así como organización colectiva y pedagogías críticas en el arte latinoamericano contemporáneo. Formó parte del Grupo de domingos, provocado por Jessica Gogan y Mônica Hoff, orientado a los cruces entre arte y educación en Latinoamérica (2021-2023). Desde 2010 codirige el taller de ediciones económicas, editorial enfocada en cultura visual, políticas emancipatorias y ecología política. Coautor de Introducción al manual del empleade (Beta-Local, TEOR/éTica, 2023) y autor de Un modelo de organización colectiva para la subjetivación política (t-e-e, 2019). 

BIBLIOTECAS DE HUMEDAD, LUZ Y CALOR

Hacia una cosmopolítica performativa de las tecnologías del resguardo de la memoria

Nicolás Pradilla

Investigador independiente
n-p@t-e-e.org

 

DOI: 10.30827/sobre.v12i.35015

Cite as: Pradilla, Nicolás. 2026. “Bibliotecas de humedad, luz y calor. Hacia una cosmopolítica performativa de las tecnologías del resguardo de la memoria”. SOBRE 12. https://doi.org/10.30827/sobre.v12i.35015

Citar como: Pradilla, Nicolás. 2026. “Libraries of humidity, light, and heat. Towards a performative cosmopolitics of memory preservation technologies”. SOBRE 12. https://doi.org/10.30827/sobre.v12i.35015