SOBRE
N12
CAMPO
Agencia alimentaria multiespecies: La comida en las prácticas artísticas
2026
María del Mar Ramón Soriano
María del Mar Ramón Soriano
Universidade de Vigo, Grupo PRACE: Procesos de resistencia en el arte contemporáneo español
marramonsoriano1993@gmail.com
Recibido/Submitted: 4/09/2024 | Aceptado/Accepted: 9/12/2025
DOI: 10.30827/sobre.v12i.31508
Citar como: Ramón Soriano, María del Mar. 2026. “Agencia alimentaria multiespecies. La comida en las prácticas artísticas”. SOBRE 12 https://doi.org/10.30827/sobre.v12i.31508
Cite as: Ramón Soriano, María del Mar. 2026. “Multispecies food agency. Food in artistic practices”. SOBRE 12 https://doi.org/10.30827/sobre.v12i.31508
MULTISPECIES FOOD AGENCY: FOOD IN ARTISTIC PRACTICES
ABSTRACT: This study explores how contemporary art uses food as a critical and performative medium to address identity, affective, ecological, and posthuman issues. Through theoretical frameworks such as the material, affective, and posthuman turns, it analyzes how artistic practices incorporate food as a cultural, relational, and living agent. Works by artists such as Stanton, Jaarsma, Tiravanija, García, and Meana demonstrate how the act of eating activates relations of power, memory, hospitality, and sympoiesis across species. Food, beyond its nutritional function, becomes a political device that negotiates boundaries between cultures and between the human and the non-human. The study shows that these works generate situated knowledge through transdisciplinary methodologies, ranging from relational banquets to multispecies cultivations that build networks of reciprocity.
KEY WORDS: artistic practices, affect, agency, culinary politics, multispecies collaboration
RESUMEN: Este trabajo explora cómo el arte contemporáneo utiliza la comida como medio crítico y performativo para abordar problemáticas identitarias, afectivas, ecológicas y posthumanas. A través de marcos teóricos como el giro material, afectivo y posthumano, se analiza cómo prácticas artísticas incorporan el alimento como agente cultural, relacional y vivo. Obras de artistas como Stanton, Jaarsma, Tiravanija, García y Meana evidencian cómo el acto de comer activa relaciones de poder, memoria, hospitalidad y simpoiesis entre especies. La comida, más allá de su función nutricional, se convierte en un dispositivo político que negocia fronteras entre culturas y entre lo humano y lo no-humano. El estudio muestra que estas obras generan conocimiento situado a través de metodologías transdisciplinares, desde banquetes relacionales hasta cultivos multiespecies, que construyen redes de reciprocidad.
PALABRAS CLAVE: prácticas artísticas, afecto, agencia, política culinaria, colaboración multiespecies
SECCIÓN CAMPO
SOBRE N12 01/2026
1. Introducción
La comida ha sido un componente crucial de la experiencia humana, no sólo como sustento, sino también como medio de expresión cultural. En el ámbito del arte contemporáneo, ha trascendido su función básica para convertirse en un elemento performativo y simbólico que explora la identidad, las relaciones sociales y, como iremos viendo en las obras analizadas, diversas conexiones multiespecies. El arte relacional consolidó prácticas de reunión y compartición de alimentos como actos artísticos, sentando las bases para lo que hoy, desde nuevos giros filosóficos, se entiende como prácticas alimentarias críticas. La investigadora Fanny Singer, especializada en las intersecciones entre arte y ecologías alimentarias, señala que las acciones con comida desarrolladas desde el siglo XX no se limitan a las ideas sobre las que teorizaba Bourriaud. Estos trabajos también avanzan hacia proyectos cooperativos y reflexivos basados en la construcción de coaliciones y relaciones a través de nuevas herramientas que remodelan los límites del arte. La comida se convierte no solo en un medio de expresión artística, sino también en un vehículo para la acción social y política. Singer subraya que «existe un imperativo urgente para todo este trabajo que convierte la comunicabilidad en una responsabilidad ética, no simplemente una metodología» (2014, párr. 20).
Este desplazamiento desde lo relacional hacia lo ético-político se puede articular a través de tres marcos teóricos: el giro material que reconoce la agencia de toda materia, incluyendo el cuerpo humano en continuidad con sustancias no humanas. El giro afectivo que enfatiza la porosidad de los contactos y el desdibujamiento de fronteras entre elementos. Y el giro posthumano que desplaza al humano del centro, ampliando la mirada hacia otras formas de vida y materialidades. Estos crean un campo fértil para que las prácticas artísticas utilicen la comida como sustancia activa desde diferentes dimensiones de afectación permeables: el alimento como cuerpo cultural identitario, que actúa como depositario de memoria colectiva, tanto en contextos diaspóricos como en procesos de reivindicación culinaria en territorios históricamente colonizados; el alimento como vehículo de hospitalidad y agente relacional, capaz de generar puntos de encuentro, negociar fronteras y articular dinámicas de pertenencia; y, finalmente, la agencia del alimento como materia viva y transformadora, que interviene tanto en el cuerpo humano a nivel metabólico y sensorial como en el ecosistema que lo rodea.
Desde los tiempos prehistóricos, cuando la supervivencia era una preocupación diaria, las imágenes de alimentos adquirían ya un significado alegórico profundo. El cadáver de un animal constituía no solo fuente de alimentación, sino también cueros y pieles para vestimenta, herramientas y otros usos. Como explica Stupples (2014, p. 1):
los grupos se reunían para la recolección y caza de alimentos, para la protección mutua, para contar historias, para la creación de arte, marcando territorio con imágenes, representando las estaciones de caza, símbolos de clan, sus miedos y triunfos, su historia.
La comida ha estado estrechamente ligada a celebraciones y festines que simbolizaban la abundancia, teniendo una presencia significativa en diversas religiones y rituales sagrados. La comunión en el Cristianismo es un ejemplo paradigmático de este acto de alimentación que, en última instancia, representa la incorporación de un cuerpo dentro de otro. El pan y el vino como cuerpo y sangre muestran un proceso de asimilación de una entidad a otra a través del sistema digestivo, apelando a la idea de comerse mutuamente como experiencia de absorción. Parama Roy explica este fenómeno señalando que «el tracto alimentario es tanto una frontera como un portal que, a la vez, alimenta y confunde cualquier distinción clara entre el yo y el otro» (Roy, 2010, como se cita en Maravillas, 2014, p. 159). Este paisaje corporal no se limita a la boca, sino que incluye «la piel, los tendones y los intestinos, los órganos olfativos y las terminaciones nerviosas» (Ibid), funcionando como una disposición o habitus que opera como zona de contacto donde se escenifican cuestiones de identidad, diferencia, deseo y responsabilidad.
En las prácticas artísticas, la representación o presentación de comida ha sido un recurso constante a lo largo de la historia. Desde las pinturas de naturaleza muerta del siglo XVII en los Países Bajos, encargadas por las familias adineradas para exhibir su riqueza a través de bodegones, hasta las exploraciones surrealistas que vinculaban el alimento con aspectos profundos de la psique humana o la producción feminista que ha utilizado especialmente la cocina y los alimentos para investigar el papel social de las mujeres, desafiar estereotipos de género y visibilizar trastornos alimentarios. Esta línea de trabajo se prolonga en el tiempo a través de obras como Identical Lunch de Alison Knowles (1969) o FOOD de Gordon Matta-Clark, Carol Goodden y Tina Girouard (1971), donde la comida adquiere formalizaciones vinculadas con lo performático y el arte de acción. Como explica Bourriaud Burio (2020), citado en Ilic (2022, p. 135), en estas prácticas los objetos estéticos tradicionalmente entendidos ceden el lugar central al proceso, que adquiere importancia y se considera material para la configuración de la realidad social. La obra de arte se presenta así como un espacio intersocial de interacción, donde la dimensión afectiva resulta particularmente evidente cuando se trabaja con comida, material que entra literalmente en el cuerpo de las personas participantes. Sin embargo, como señala acertadamente Janne Bennett, «que la comida puede hacer engordar a la gente es un hecho tan ordinario y obvio que es difícil percibirlo como ejemplo de su capacidad agente» (2007, p. 124), observación que nos recuerda cómo lo cotidiano y familiar puede esconder las dimensiones más profundas de agencia material.
2. Sobre el afecto
El afecto constituye una categoría analítica fundamental para comprender las dinámicas relacionales que atraviesan las prácticas artísticas con comida. Según Seigworth y Gregg, el afecto se define como esas «fuerzas profundamente arraigadas debajo, paralela o generalmente fuera del conocimiento consciente (…) que pueden impulsarnos hacia la acción o detenernos mediante la acumulación apenas visible de relaciones de fuerza» (2010, p. 1). Esta concepción trasciende lo meramente emocional: cuando ingresamos a un espacio y percibimos una atmósfera particular sin razón aparente, o cuando un bostezo o sonrisa se contagia entre individuos, estamos presenciando la operación del afecto como fenómeno que subraya nuestra interdependencia. Aunque a menudo se confunden, es importante distinguir entre emoción y afecto. El estudio de las emociones tiende a clasificar y, en cierto modo, limitar la riqueza de la experiencia afectiva, que muchas veces escapa a las palabras y desafía las normas del lenguaje. El afecto, por su parte, capta esos estados del ser que no pueden ser plenamente expresados como emociones. De este modo, se convierte en una experiencia que trasciende la categorización y abre la puerta a nuevas formas de entender nuestra existencia.
La teoría afectiva se ha desarrollado en dos direcciones complementarias. Por un lado, teóricos como Gilles Deleuze y Brian Massumi lo entienden en términos de externalidad e intensidades corporales, es decir: el afecto no se centra tanto en la experiencia interna del individuo, sino en cómo se manifiesta y circula en el mundo exterior, a través de interacciones y relaciones entre cuerpos y entornos. Este enfoque sugiere que el afecto es una fuerza que conecta a las personas en redes de relaciones y dinámicas sociales. Por otro lado, autores como Silvan Tomkins hacen una aproximación desde la interioridad o también la fuerza motivacional. Este punto de vista pone el énfasis en cómo los individuos sienten y gestionan sus afectos internamente, subrayando la importancia de la experiencia personal y la motivación interna, en lugar de la interacción externa con otros (Sharma y Tygstrup, 2015, citado en Norton, 2015, pp. 7-8).
Esta dualidad entre lo externo y lo interno encuentra un punto de síntesis en el trabajo de Jane Bennett, particularmente en su análisis de la comida como agencia distributiva. Para Bennett, la materia comestible «borra el adentro y el afuera», disolviendo dicotomías como activo/pasivo o vivo/muerto, y revelando cómo lo que ingerimos participa en una red de afectaciones que conecta humanos y no-humanos (2010, p. 123). Esta perspectiva resulta disruptiva al cuestionar nociones antropocéntricas de agencia. En un artículo precursor, la autora ya planteaba que la agencia no es propiedad de sujetos unitarios, sino una «fuerza repartida a través de cuerpos múltiples y superpuestos» (Bennett, 2007, p. 122). Al aplicar este marco a prácticas artísticas con comida, se evidencia cómo los alimentos actúan como mediadores políticos capaces de visibilizar relaciones de dominio entre humanos y naturaleza (Berbel, 2023, p. 209-210). El afecto, entonces, emerge como prisma para crear y leer estas obras que exploran cómo los cuerpos se afectan mutuamente al compartir alimentos y cómo la materia misma participa en estas dinámicas de transformación recíproca.
3. Reuniones entre humanos/humanas
El acto de alimentarse, al igual que el fuego, ha funcionado históricamente como elemento de reunión. En el ámbito doméstico, las personas interrumpen sus actividades para congregarse en el espacio común. Lo mismo ocurre en restaurantes, bares o incluso en una manta extendida en el suelo durante un pícnic. Como señala Diane Ackerman, mientras otros placeres sensoriales pueden disfrutarse en soledad, el gusto tiene un componente social intrínseco, «las estratagemas de los negocios se tejen durante comidas; las bodas terminan en una comida (…) Si la intención es que un acontecimiento tenga un peso emocional, simbólico o místico, habrá comida para santificarlo o sellarlo» (1990, p. 155). Esta capacidad que tienen los alimentos para articular comunidades ha sido teorizada desde múltiples disciplinas y épocas. Immanuel Kant reflexionó explícitamente sobre el carácter social de la mesa como espacio de comunicación. Para él, comer acompañado era una condición necesaria para transformar la mera satisfacción corporal en un acontecimiento significativo. En sus escritos, llegó a definir el número ideal de comensales, entre tres y nueve, argumentando que un exceso de participantes impedía la conversación colectiva y complicaba el intercambio de ideas (Koczanowicz, 2023, p. 33). Así, la comida se erigía no solo como sustento alimenticio, sino también como escenario y excusa para el diálogo.
Figura 1: ESSEN, Victoria Stanton, 2003–2007.
Figura 2: I Eat You Eat Me, Mella Jaarsma, 2012.
El arte contemporáneo ha llevado estas reflexiones al terreno de la práctica performativa. Tomando la comida como herramienta de reunión de cuerpos, el proyecto ESSEN (2003–2007) (figura 1) de Victoria Stanton consiste en organizar cenas en las que los comensales, situados frente a frente, se alimentan mutuamente. Esta disposición obliga a percibir ritmos, gestos y necesidades ajenas, transformando el acto de comer en un intercambio de atención que desestabiliza la autonomía individual y visibiliza la interdependencia. Más allá del alimento como objeto nutricio, aquí se vuelve herramienta de relación. El acto de alimentarse juntos y de compartir la comida establece una relación que aviva la interacción con el otro. Stanton, quiere explorar lo aparentemente trivial y cotidiano para evidenciar sus complejidades, tensiones y posibilidades. Es una producción, o no-producción interesada en los mecanismos de la hospitalidad, la negociación y el consentimiento, invitando a experimentar modos de convivencia en los que lo relacional aparece como concepto desde el que co-crear o trabajar en conjunto.
Mella Jaarsma desarrolla una propuesta afín en su obra I Eat You Eat Me (2012) (figura 2). En este caso, dos personas se sientan frente a frente, conectadas por una mesa suspendida que obliga a sostener un equilibrio físico. Los comensales no pueden moverse bruscamente ni comer si no se coordinan. Cada participante debe pedir, sin consultarlo, la comida para el otro y alimentarlo ajustándose al ritmo de su masticación. Esta dinámica convierte una cena en un ejercicio de confianza y empatía, explorando la comida como idioma para activar, de nuevo, conversaciones sobre identidad, cultura y diferencia, intereses propios de la artista. Jaarsma utiliza ingredientes que pueden llevar incomodidades o tabúes para enfatizar que los hábitos alimenticios revelan fronteras y vínculos raciales, religiosos y étnicos: carne de cerdo para participantes musulmanes o judíos, insectos en contextos occidentales, o ingredientes vinculados a historiales coloniales. Así evidencia cómo los hábitos alimenticios trazan fronteras. Como señala David Booth (en Griffiths y Wallace, 1998) «lo que una persona come está determinado por lo que piensa y siente: sobre los materiales alimenticios disponibles, el cuerpo al que entran, y el significado personal y social de cada ocasión de comer y beber» (p. 99). La artista, radicada en Indonesia, explora una violencia simbólica oculta en actos cotidianos cuestionando qué ocurre cuando se negocia el consumo de los demás. La comida funciona como un dispositivo que expone jerarquías globales o grietas en los diálogos interculturales, se convierte en mediadora de preguntas sobre el yo y el otro.
Cada decisión gastronómica está mediada por factores culturales, patrones familiares y contextos políticos. Así, se revela una genealogía de la mesa como espacio social. Estas obras, pese a sus diferencias contextuales, comparten una comprensión del acto alimentario como práctica política. Mientras Stanton enfatiza la micropolítica de los cuerpos en interdependencia, Jaarsma aborda las macropolíticas de identidad cultural. Ambas, sin embargo, coinciden en mostrar cómo alimentar y ser alimentado trasciende lo fisiológico para convertirse en un acto de reconocimiento mutuo, donde la negociación constante revela el potencial de la comida como dispositivo crítico para repensar nuestras formas de coexistencia. La mesa se revela así, como un archivo vivo de relaciones de poder, pero también como espacio de posibilidad para imaginar otros modos de convivencia.
4. Prácticas culinarias como zonas de contacto
En un nivel más amplio, el término cultura alimentaria abarca una amplia gama de significados vinculados a lo cultural, refiriéndose a las prácticas, actitudes y creencias relacionadas con la alimentación de diferentes grupos sociales a nivel mundial. Esta conceptualización tiene como germen la obra de Lévi-Strauss, Lo crudo y lo cocido (1964), donde se establecía esta diferenciación simbólica que aludía, además, a la separación entre naturaleza y cultura respectivamente. El texto proponía una división social a partir del modo de preparación de los alimentos. En el contexto contemporáneo, marcado por flujos migratorios y diásporas globales, se ha generado un creciente interés por las diversas culturas culinarias. Este fenómeno no se limita a los hábitos alimentarios y la gastronomía superficial, sino que comprende las complejas redes implicadas en la producción, distribución y consumo de alimentos. Estas culturas alimentarias no se construyen a partir de preferencias individuales, sino que emergen de la articulación entre diferencias objetivas (género, edad, clase) y visiones éticas o sensibilidades culturales específicas (Tivadar y Luthar, 2005, p. 217). Los distintos grupos utilizan la comida como medio para expresar identidad, comunidad, valores, estatus y creatividad. Estas variables determinan qué elementos se consideran comestibles, sabrosos o socialmente apropiados para cada grupo, así como los momentos, métodos y contextos en los que deben consumirse.
Figura 3: Free, Rirkrit Tiravanija, 1992.
Dentro de este marco se sitúa la obra de Rirkrit Tiravanija, artista vinculado al arte relacional que cocina en sus acciones un curry tailandés típico de la tierra natal de sus padres. En Free (1992) (figura 3), el artista elabora curry rojo y verde, platos que, según explica, no suelen prepararse en pequeñas cantidades. Es una receta sencilla que se cocina en una olla grande para ser compartida. Tiravanija es consciente de las tensiones y fricciones que surgen en las zonas de contacto entre culturas, y sabe que la cocina puede ser un vehículo de significados políticos. Así, al preparar los curris, empleó vegetales y especias tailandesas originales en una olla y, en la otra, productos locales disponibles en las tiendas del SoHo en aquel momento (Koczanowicz, 2023, p. 164). Este gesto constituye una reflexión sobre la autenticidad cultural y qué es lo que hace que un plato sea más o menos genuino, sobre cómo los sabores se adaptan y transforman en nuevos contextos y también sobre las jerarquías implícitas en los sistemas de distribución de alimentos. Se selecciona el alimento debido a lo sorprendente que es «cuán abiertos y deseosos de sensaciones se vuelven las personas a través de la comida. El mundo en el que vivimos es cada vez más abierto. Las cosas se interpenetran» (Tiravanija, 2012, como se cita en Koczanowicz, 2023, p. 164). En estos proyectos, acciones como comer o cocinar se establecen como experiencias comunitarias y compartidas que apelan a los utensilios, los espacios y los productos utilizados, todos ellos portadores de tradición, identidad y ritualidades específicas. Además, en esta obra, los visitantes se convierten en participantes activos: la pieza sólo existe mientras es compartida, cocinada y consumida colectivamente.
Francis Maravillas analiza cómo la comida se ha utilizado en el arte para explorar y expresar estas cuestiones de identidad, diferencia y pertenencia en torno a las que trabajan los cuatro artistas que hemos analizado. Este autor destaca que las prácticas alimentarias están estrechamente imbricadas con las estructuras de poder y las dinámicas comunitarias (2014, p. 162). Parama Roy, por su parte y citado en el mismo texto, introduce el concepto de tracto alimentario para describir un sistema corporal que excede la mera ingestión de alimentos. Define este tracto como un pasaje corporal que involucra la boca, la piel, los tendones, los intestinos, los órganos olfativos y las terminaciones nerviosas. Funciona como un habitus corporal y una zona de contacto donde se escenifican cuestiones de identidad, diferencia, deseo y responsabilidad (2014, p. 160). Esta perspectiva cuestiona la idea colonial de comer al otro, tradicionalmente vinculada a la dominación cultural y la exotización, proponiendo en cambio una relación de mutua influencia entre comida y cuerpo, que sirve para difuminar ciertos límites construidos.
Figura 4: Restauro, Jorge Menna Barreto, 2016.
En Restauro (2016) (figura 4), Jorge Menna Barreto traslada esta reflexión al contexto brasileño, donde las reuniones entre comensales se convierten en actos de descolonización culinaria. El artista recuerda que, antes de la colonización, en Brasil existía una alimentación vinculada a los ciclos agroforestales de los pueblos originarios, sistemas que fueron desplazados por modelos extractivistas. Este artista propone conversaciones sobre una alimentación situada que considera la relación entre territorio y cuerpo. Recurre a la idea de escultura ambiental para enfatizar que las bocas modelan el paisaje y esculpen la tierra de forma literal (Ostendorf-Rodriguez, 2023, p. 23). Al concebir el sistema digestivo como una herramienta escultórica, los comensales se convierten en participantes de una escultura en proceso, donde el acto de alimentarse moldea el entorno habitado. La comida está «profundamente impregnada de información proveniente de la tierra» (Ibid, p. 24), operando como mediadora entre sociedad y medio ambiente. Esta premisa adquiere especial relevancia en Restauro, donde los alimentos agroforestales activan una conciencia ecológica que cuestiona la separación entre naturaleza y cultura que proponía años antes Lévi-Strauss. Así, los comensales, al ingerir alimentos producidos en cooperación, participan de una red que articula humanos (agricultores, chefs, comensales) y no-humanos (suelos, cultivos, ciclos estacionales).
Gracias a estas obras entendemos que los sistemas alimentarios funcionan como dispositivos culturales que operan simultáneamente en diferentes registros: como archivos de memoria, como interfaces de negociación intercultural o como sistemas metabólicos que redefinen los límites cuerpo/territorio. A través de estos trabajos, no solo se representan estas dinámicas sino que se produce materialmente, desde la reactivación de saberes agroforestales hasta la deconstrucción de la autenticidad culinaria, o la percepción del comer como práctica que afecta al paisaje, estas obras convierten lo alimentario en un campo de experimentación política donde se ensayan formas alternativas de convivencia.
5. Alimentación interespecies: la comida dentro de nosotros, la comida en la propia comida
Al adentrarnos en la pequeña escala vemos como la alimentación no sólo articula relaciones entre humanos y culturas, sino que despliega también redes de interdependencia dentro y entre especies. Donna Haraway lo formula con claridad cuando habla de simpoiesis, una forma de generar-con, nada se hace a sí mismo, nada es realmente autogenerado ni cerrado en sí mismo. Frente a la autopoiesis, la simpoiesis se propone como modelo para pensar sistemas vivos, complejos y situados que existen siempre en compañía de otros (2019, p. 99). Este marco teórico transforma radicalmente nuestra comprensión del acto de comer: ya no como un gesto unilateral de consumo humano, sino como un proceso de co-transformación que involucra bacterias, hongos, enzimas y otros actantes no humanos.
Figura 5: Moulding Mourning Mouths, Sara García, 2022.
La artista Sara García explora estas dinámicas en Moulding Mourning Mouths (2022) (figura 5), instalación que centra su atención en el pan de masa madre como ecosistema en miniatura. Al describir su obra, García señala «relaciones de interdependencia, cooperación y rituales colectivos que se producen entre seres humanos y no humanos» (García, 2022, s. p.). La masa madre se alimenta de microorganismos vivos que fermentan, transforman la materia en un estado distinto, más digerible para el ser humano. La fermentación, como señala la artista, es una estrategia clave para el apetito entre especies, un gesto que expande la agencia de la comida más allá del control humano. De este modo, su obra desplaza la visión antropocéntrica, el alimento ya no es mero recurso, sino un agente que actúa, transforma y se transforma. La fermentación se convierte en una metáfora poderosa de la simpoiesis. La artista subvierte la lógica antropocéntrica al mostrar cómo estos microorganismos no son meros instrumentos al servicio humano, sino colaboradores activos sin los cuales gran parte de la producción alimentaria sería imposible.
Esta perspectiva contrasta con la visión clásica de que comer es una afirmación del dominio humano: al ingerir, los alimentos se transforman en parte de lo que somos, sin invertir la lógica jerárquica. Frente a esto, pensar la alimentación como acto multiespecie abre una grieta en la idea del control absoluto. La materia no humana, como bacterias, minerales, levaduras, se vuelve actante, con capacidad de afectar cuerpos, mentes y sistemas sociales (Bennett, 2007, p. 122). El cuerpo se revela como un paisaje habitado por millones de microorganismos. Ostendorf-Rodriguez propone una visión o forma de relación postpasteuriana en Seamos como los hongos (2023). En este texto se expone que ya no luchamos contra microbios sino que reconocemos que son parte constitutiva de nosotros y nosotras mismas; somos vehículos de una gran cantidad de bacterias, y ellas también tienen inteligencia y deseos. El cuerpo resuena con ellas, energéticamente y en comunicación (p. 26-27).
Otra obra paradigmática que parte de esta relación entre microorganismos, materia y producción se encuentra en Starter Cultures (2018) (figuras 6 y 7), video instalación que Fran Meana presenta en 2018 en La Casa Encendida (Madrid). El artista muestra cómo, bajo la corteza de un queso, se despliegan complejas redes de comunicación entre hongos, bacterias y enzimas. Meana se interesa por formas de producción en las que se diluye la diferencia entre naturaleza y cultura, planteando preguntas sobre los límites de la acción humana como única fuerza de transformación (Alonso, 2018, p. 166). Así, su instalación se centra en una fábrica de producción, donde un cambio de localización desencadena una huelga de los microbios encargados de procesos clave en la elaboración de quesos. En este escenario «se enredan la materialidad de los microorganismos y los cuerpos de los trabajadores» (Ibid, p. 167), visibilizando modos de cooperación y resistencia que desbordan la lógica extractiva dominante. El proyecto subraya la existencia de sistemas productivos donde lo humano y lo no humano negocian continuamente, y Starter Cultures propone repensar la alimentación y la producción alimentaria como entramado de interdependencias.
Figura 6 [Izquierda]: Starter Cultures, Fran Meana, 2018.
Figura 7 [Derecha]: Fotograma Starter Cultures.
6. Conclusiones: arte y comida como tejido de coexistencia
El recorrido analítico desarrollado a lo largo de este trabajo ha dejado al descubierto cómo las prácticas artísticas contemporáneas han convertido la comida en un dispositivo crítico con potencias. Lejos de limitarse a su función nutricional, los alimentos emergen como entramados materiales que condensan relaciones de poder, memorias colectivas y redes de interdependencia que atraviesan lo humano y lo no-humano. Las obras examinadas, desde las cenas performáticas de Victoria Stanton hasta las fermentaciones multiespecie de Sara García, revelan que el acto de comer constituye un fenómeno político complejo, donde se articulan historias de colonialismo con estrategias de resistencia, negociaciones interculturales y procesos de evolución acompañada.
Desde las prácticas artísticas, la comida se configura como una lente privilegiada para examinar las dinámicas socioculturales, ecosistémicas y diferentes problemáticas de nuestro tiempo. En el trabajo Mella Jaarsma o Rirkrit Tiravanija, los rituales alimentarios descubren o destapan capas de significado que existen discretamente en la cotidianidad. Cuando Jaarsma confronta a los comensales con ingredientes tabú o cuando Tiravanija enfrenta ingredientes auténticos con adaptaciones locales, la comida revela su capacidad para cartografiar fronteras culturales aparentemente invisibles. Simultáneamente, a escala microscópica, obras como Starter Cultures o Moulding Mourning Mouths desplazan el antropocentrismo al mostrar cómo la alimentación es siempre un proceso simbiótico. Estos trabajos nos confrontan con la evidencia, quizás incómoda, de que nuestro cuerpo es un ecosistema que negocia constantemente con billones de microorganismos, y que la autonomía humana es ficticia.
Las prácticas artísticas emergen en este contexto como una herramienta epistémica singular, como una suerte de tecnología que puede producir modos de vida no antropocéntricos donde la materia es algo activo y relacional, no predeterminado. Las obras analizadas no se limitan a ilustrar teorías previas, sino que generan conocimiento a través de metodologías propias y situadas: el acto de compartir un curry, amasar pan u observar bacterias en un queso devienen modos de saber alternativos. Estos procesos, de naturaleza transdisciplinar, permiten acceder a lo extracorporal al tiempo que alcanzan públicos diversos y amplían los marcos de comprensión establecidos.
Estas prácticas coinciden en cuestionar tres premisas fundamentales de la modernidad: la noción del cuerpo humano como entidad aislada, sustituida por el concepto de holobionte como ecosistema multiespecies; la rígida división entre naturaleza y cultura, demostrando su entrelazamiento en procesos como la fermentación; y las jerarquías que sitúan lo humano por encima de otras formas de vida, reconociendo, en cambio, la agencia de microorganismos en la producción de significados culturales. Al hacerlo, proponen una epistemología alimentaria radical: comer no es solo incorporar nutrientes, sino participar en una red simbiótica donde lo ingerido nos transforma tanto como nosotros a ello. Como sugieren estas obras, repensar nuestra relación con los alimentos requiere abrazar una ética de interdependencia. La agencia alimentaria es siempre distribuida: no reside en individuos aislados (humanos o no-humanos), sino en redes de reciprocidad que nos preceden y exceden. El arte contemporáneo, al materializar estas conexiones, no solo amplía nuestra comprensión de lo alimentario, sino que traza posibles rutas hacia futuros más éticos, donde el comer se configure como práctica de responsabilidad hacia el ecosistema que nos sostiene y del que formamos parte.
Referencias
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AGENCIA ALIMENTARIA MULTIESPECIES
La comida en las prácticas artísticas
María del Mar Ramón Soriano
Universidade de Vigo, Grupo PRACE: Procesos de resistencia en el arte contemporáneo español.
marramonsoriano1993@gmail.com
Recibido/Submitted: 04/09/2024 | Aceptado/Accepted: 09/12/2025
DOI: 10.30827/sobre.v12i.31508
Citar como: Ramón Soriano, María del Mar. 2026. “Agencia alimentaria multiespecies. La comida en las prácticas artísticas”. SOBRE 12. https://doi.org/10.30827/sobre.v12i.31508
Cite as: Ramón Soriano, María del Mar. 2026. “Multispecies food agency. Food in artistic practices”. SOBRE 12. https://doi.org/10.30827/sobre.v12i.31508